Es una de las lecciones de cine que más se repiten en clase de guion: ‘lo que no se ve da más miedo que lo que se ve’, y el ejemplo que siempre se pone es ‘Tiburón’ (1975). Durante décadas se ha contado como una decisión de genio narrativo de un Spielberg de 27 años. La realidad, documentada por el propio director y por buena parte del equipo de rodaje, es bastante menos romántica: el tiburón mecánico simplemente no funcionaba.
Un tiburón que se hundió el primer día
El equipo construyó tres tiburones mecánicos, apodados ‘Bruce’ en honor al abogado de Spielberg. El primero se hundió hasta el fondo de Nantucket Sound el mismísimo primer día de pruebas en el agua. El agua salada corroía los motores eléctricos, los mecanismos neumáticos fallaban constantemente y, cada vez que el equipo conseguía repararlo, el mar se encargaba de volver a estropearlo. Rodar en mar abierto, en lugar de en un tanque controlado, resultó ser una decisión que puso contra las cuerdas a toda la producción.
De 55 días de rodaje a 159
El rodaje, planeado para 55 días, terminó alargándose hasta 159 — de mayo a octubre de 1974. El presupuesto, que arrancó en 3,5 millones de dólares, acabó rondando los 9 millones. La frustración del equipo llegó a tal punto que empezaron a llamar a la película, en broma, ‘Flaws’ — ‘defectos’, un juego de palabras con el propio título original, ‘Jaws’.
La decisión que salvó la película
Spielberg, con el tiburón prácticamente inservible durante buena parte del rodaje, no tuvo más remedio que replantear la película sobre la marcha. En sus propias palabras, tuvo que averiguar cómo contar la historia sin el tiburón, y encontró la respuesta mirando a Hitchcock: es lo que no se ve lo que de verdad da miedo. La película pasó, según describió el propio director, de ser una cinta de monstruos de matiné japonesa a un thriller a la Hitchcock, donde cuanto menos se enseña, más se sugiere.
Por qué la anécdota importa
Lo interesante no es solo que el tiburón fallara, sino lo que esa avería obligó a construir: una película que se apoya en la música de John Williams, en los primeros planos de los bañistas y en el punto de vista submarino para generar tensión antes de mostrar nada. Cincuenta años después, ‘Tiburón’ sigue estudiándose como ejemplo de contención narrativa — sin que casi nadie recuerde que esa contención empezó siendo, simplemente, un problema de fontanería marina que nadie sabía cómo arreglar.
Un rodaje que se rompió por todos lados
El tiburón no fue el único problema. La ‘Orca’, la embarcación de pesca que pilota Robert Shaw en la película, llegó a hundirse de verdad en pleno rodaje con parte del equipo técnico todavía a bordo, obligando a rescatar tanto a las personas como a las cámaras. Las condiciones del mar abierto —viento, corrientes, barcos de curiosos que se colaban en plano— añadían un retraso encima de otro. Para un estudio que había aprobado un rodaje de dos meses, ver cómo se les iba de las manos mes tras mes fue, según se ha contado después, motivo de más de un disgusto serio en los despachos de Universal.
El final feliz que nadie esperaba
Pese a todo ese caos, ‘Tiburón’ se convirtió en el verano de 1975 en la película que inventó el concepto mismo de ‘blockbuster de verano’, y sigue siendo, más de cinco décadas después, una de las cintas de terror y suspense más influyentes jamás rodadas. La próxima vez que alguien cite esta película como ejemplo de que ‘menos es más’, merece la pena recordar que, en este caso, menos fue, sobre todo, lo único que el equipo pudo permitirse.
