Hay frases que funcionan como un ancla invisible en medio de la tormenta. Fórmulas sencillas, casi de andar por casa, que acumulan siglos de sabiduría popular pero que de repente adquieren un significado completamente renovado cuando las pronuncia alguien cuya mirada ha retratado como pocas la fragilidad humana. Tom Hanks, uno de los rostros más reconocibles y queridos de la historia del cine —y un intérprete que también ha coqueteado con el formato televisivo en producciones memorables como Hermanos de sangre—, hizo suya una sentencia milenaria que resume a la perfección la montaña rusa de la existencia: «Esto también pasará».
This too shall pass.
Aunque su origen exacto se pierde entre leyendas persas y cuentos tradicionales recopilados por poetas sufíes, la frase ha sido adoptada a lo largo de los siglos por escritores, filósofos y artistas de todo el mundo. Cuando Hanks la trae al presente, nos recuerda que ninguna emoción, por muy asfixiante o luminosa que sea, posee el cariz de lo eterno. En una época en la que la cultura contemporánea y el ritmo de las grandes ficciones televisivas tienden a exacerbar el drama inmediato —donde cada conflicto argumental de una temporada parece el fin del mundo para sus protagonistas—, esta premisa actúa como un recordatorio urgente de perspectiva y cordura.
Sobrevivir al algoritmo y al bucle de la inmediatez en pleno 2026
Vivimos instalados en el vértigo perpetuo de las pantallas y las notificaciones constantes. La vida cotidiana de 2026 se debate entre la hiperconectividad de las redes sociales, la autoexigencia laboral que se cuela en los salones a través del teletrabajo y la necesidad artificial de estar siempre disponible. En este ecosistema de estímulos incesantes, las pequeñas frustraciones cotidianas —el retraso de un tren, la presión por llegar a las métricas del mes o la angustia ante una bandeja de entrada saturada— se magnifican hasta convertirse en pequeños dramas insoportables. El malestar se consume con la misma prisa con la que se desecha una serie en maratón, sin concedernos el derecho fundamental a procesar el tiempo.
Es precisamente ahí donde la filosofía de la frase rescatada por Tom Hanks cobra una vigencia rabiosa y sanadora frente al desgaste digital. Cuando el estrés del día a día nos ahoga y nos sentimos atrapados en una rueda de autocuestionamiento permanente, aceptar que el agobio es tan solo una fase transitoria permite bajar las revoluciones. La ansiedad laboral, el cansancio crónico y la saturación informativa no son estados definitivos, por mucho que los algoritmos de las plataformas y las aplicaciones intenten atrapar nuestra atención bajo la urgencia de lo permanente. Saber que lo malo se desgasta con las horas es tan liberador como asumir que lo bueno también requiere de pausa para ser disfrutado.
Frente a la tiranía del «ahora mismo», la máxima de Hanks nos invita a adoptar una mirada cinematográfica a nuestra propia rutina, entendiendo que cada jornada es simplemente una secuencia más dentro de un largometraje infinitamente más amplio. Aprender a contemplar los propios colapsos emocionales con cierta distancia narrativa es el primer paso para no dejar que nos devoren. Al final, lo único seguro en medio del ruido digital es que el péndulo siempre se mueve, recordándonos que ninguna noche es tan larga como para impedir que vuelva a amanecer.
