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Julio Cortázar, escritor: ‘Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos por encontrarnos’

Una de las frases más célebres de Rayuela nos invita a reflexionar sobre cómo entendemos hoy el amor y los vínculos en plena era digital.

Julio Cortázar, escritor: 'Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos por encontrarnos'

ANSESGOB

Hay frases que trascienden las páginas del libro donde nacieron para instalarse de forma permanente en el imaginario colectivo. Pocas obras de la literatura en español han dejado una huella tan honda en el romanticismo moderno como ‘Rayuela’, la monumental novela publicada por Julio Cortázar en 1963. En sus páginas se cruzan la bohemia parisina, el jazz, la búsqueda existencial y una forma muy particular de entender los afectos. Entre sus pasajes más recordados, brilla con luz propia una máxima que parece desafiar las leyes del azar: andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos por encontrarnos.

Esta premisa, convertida hoy en estandarte de miles de dedicatorias y perfiles en redes sociales, plantea una paradoja fascinante sobre la naturaleza del destino y la voluntad humana. Cortázar no habla de una búsqueda desesperada o calculada, sino de un tránsito vital en el que dos almas avanzan aparentemente a la deriva, guiadas únicamente por una brújula interna invisible. La magia de la cita reside en esa aparente contradicción entre no buscar de manera activa y, al mismo tiempo, mantener la certeza absoluta de un propósito compartido. Es una declaración de intenciones que desarma el cinismo contemporáneo y nos devuelve a una fe casi mágica en la sincronicidad de los encuentros.

Del algoritmo al azar: por qué necesitamos recuperar la magia de perdernos

Resulta inevitable mirar esta reflexión de Cortázar desde la perspectiva de nuestro día a día en 2026, un tiempo marcado por la hiperconexión y el control milimétrico de nuestras vidas sociales. Hoy en día, antes de quedar con alguien por primera vez, ya hemos escaneado su perfil digital, analizado sus gustos musicales y deducido sus aficiones a través de algoritmos diseñados para optimizar el éxito amoroso. Hemos convertido las relaciones sentimentales en un catálogo de opciones donde la sorpresa y el error de cálculo han quedado prácticamente erradicados. Frente a esa necesidad obsesiva de controlarlo todo y planificar cada interacción, la idea de andar sin buscarnos pero sabiendo que nos vamos a encontrar suena casi a un acto de rebeldía analógica.

Vivir de acuerdo con el espíritu de esta frase implica aceptar un grado de vulnerabilidad que a menudo nos asusta. Significa dejar espacio a la deriva, permitir que los trayectos diarios —el café de la mañana, el trayecto en metro o la visita a una librería de viejo— recuperen su misterio. En una época en la que las aplicaciones de citas nos prometen inmediatez y eficacia, el verdadero reto es aprender a habitar el desconcierto. Cortázar nos recuerda que las conexiones más profundas no se obtienen mediante la selección en una pantalla, sino a través de la imprevisible colisión de dos vidas que transcurren en paralelo hasta que, de repente, deciden fundirse en un solo camino.

Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos por encontrarnos.

Simon Berger

Al final, releer a Cortázar en el siglo XXI nos invita a bajar el ritmo y a reconciliarnos con la lentitud de los grandes acontecimientos vitales. Las prisas y la ansiedad por encontrar un lugar en el mundo o a la persona adecuada a menudo generan el efecto contrario: nos ciegan ante lo que ocurre justo al lado. Quizá la clave que nos regala el autor argentino sea precisamente aprender a caminar con los ojos bien abiertos, confiando en que el destino a veces sabe muy bien lo que se hace. Al soltar el mapa y dejar de trazar rutas rígidas, permitimos que la literatura y la propia vida nos sorprendan con el mejor de los finales posibles.