La caída de Hans Gruber desde lo alto del edificio Nakatomi es uno de los momentos más recordados de ‘Jungla de cristal’ (1988), y buena parte de su fuerza viene de algo que el público nunca sospechó: el terror que se ve en la cara de Alan Rickman durante la caída era completamente real, porque el propio equipo de rodaje le engañó para conseguirlo.
Le dijeron que caería a la de tres
Rickman insistió en hacer él mismo la caída de casi 12 metros (40 pies) hasta un colchón de aire, sujeto por una cuerda que sostenía un equipo de especialistas. Según contó el propio coordinador de especialistas de la película, Charlie Picerni, en el documental de Netflix ‘The Movies That Made Us’, al actor se le dijo que le soltarían a la cuenta de tres. Pero Picerni tenía otros planes: «Les dije a los especialistas: soltadlo a la de uno», explicó.
El miedo que no se puede actuar
El resultado fue exactamente lo que Picerni buscaba: una expresión de miedo y sorpresa genuinos en el rostro de Rickman, imposible de fingir con la misma naturalidad en una toma ensayada. El propio actor reconoció después que ni siquiera recordaba la cuenta atrás, aunque sí tenía muy presente la reacción que le provocó el rodaje del salto.
Una escena programada a propósito para el final
La escena se rodó en el edificio Fox Plaza de Century City, California, que en la película hace las veces de la sede de Nakatomi Corporation. Según ha contado el propio Rickman en varias ocasiones, la caída no se rodó en un momento cualquiera de la producción: «Recuerdo la mirada un tanto incrédula de los productores cuando dije que lo haría yo mismo. Se aseguraron muy bien de que fuera mi último plano de toda la película», explicó el actor. Es decir, si algo salía mal, al menos no comprometería el resto del rodaje.
Un debut que definió a un villano legendario
‘Jungla de cristal’ fue el debut de Rickman en el cine, y el papel de Hans Gruber terminó convirtiéndose en una referencia obligada dentro del género de acción, con una mezcla de elegancia, ironía y frialdad que pocos villanos de la época lograban igualar. Que ese último gesto de terror, el que cierra literalmente su arco como personaje, sea auténtico y no interpretado añade una capa extra a una escena que sigue funcionando casi cuarenta años después exactamente igual que el día en que se rodó: como una sorpresa real, capturada en el momento justo. El propio Charlie Picerni, un veterano de la profesión con décadas de experiencia coordinando escenas de riesgo en Hollywood, sabía perfectamente lo que se jugaba al tomar esa decisión: una caída de 12 metros sujeta por cuerdas no da demasiado margen de error, y adelantar el momento de soltar al actor solo unos segundos podía haber salido mal de muchas maneras. Que todo saliera según lo previsto, y que el resultado terminara siendo uno de los planos más citados de la historia del cine de acción, es parte de lo que ha alimentado la leyenda de esta anécdota durante casi cuatro décadas.
