En 1995, John Goodman era uno de los actores de televisión mejor pagados de Estados Unidos. Su papel de Dan Conner en ‘Roseanne’, entonces en su séptima temporada, le reportaba una cifra que rondaba los 100.000 dólares por episodio, según recogió el Baltimore Sun aquel verano. Ese mismo año, Goodman decidió aceptar un papel que pagaba 650 dólares a la semana.
El proyecto era interpretar a Falstaff en ‘Henry IV’, de Shakespeare, en el Old Globe Theatre de San Diego, uno de los teatros clásicos más respetados del país. Preguntado por la diferencia salarial, el propio Goodman lo resumió con ironía: «¿Quién podría rechazar 650 dólares a la semana, comparados con los rumoreados 100.000 dólares por episodio de ‘Roseanne’?».
Una deuda pendiente con el teatro
Detrás de la broma había algo más sincero: Goodman reconoció que llevaba años posponiendo un regreso a los escenarios. «Uno de estos días voy a volver al teatro… si no fuera porque estoy ganando tanto dinero», admitió en la misma época, según recogió el Spokesman-Review. La actuación en teatro clásico, después de tanto tiempo alejado de ella, no le resultó sencilla: él mismo la comparó con «intentar subir una bicicleta al monte McKinley», nada que se pareciera a montar en bicicleta sin más.
De la sitcom más vista a Shakespeare
El contraste no podía ser mayor: ‘Roseanne’ era entonces una de las comedias más vistas de la televisión estadounidense, y Goodman uno de sus pilares junto a Roseanne Barr. Que un actor en ese momento de su carrera decidiera rebajarse el sueldo a una fracción mínima para volver a un escenario de teatro clásico, sin ninguna necesidad económica de por medio, dice más sobre su relación con la interpretación que cualquier entrevista de promoción.
Goodman siguió en ‘Roseanne’ hasta su final en 1997, y ha hablado en distintas entrevistas posteriores de los años de insatisfacción que atravesó durante el éxito de la serie. Pero aquel paréntesis de 1995 en el Old Globe Theatre queda como uno de esos gestos que no se explican por lógica de mercado: a veces, para un actor, volver a un escenario pequeño con cuatro palabras de Shakespeare pesa más que cualquier cifra en el contrato de una sitcom.
