No somos únicamente aquello que sabemos hacer. En Nicky, la aprendiz de bruja, la independencia de una joven se construye alrededor de una habilidad extraordinaria, pero crecer también significa descubrir que ninguna habilidad garantiza seguridad permanente. La película de Hayao Miyazaki, estrenada en 1989, ofrece una reflexión especialmente fértil sobre la autoestima: cuando una capacidad ocupa toda nuestra identidad, cualquier dificultad parece una amenaza contra nuestra existencia completa.
Por qué perder soltura puede sentirse como perderse a uno mismo
Perder soltura duele tanto cuando hemos confundido nuestro valor con nuestro rendimiento. Una persona acostumbrada a resolver problemas puede vivir una duda como una humillación; alguien reconocido por su creatividad puede interpretar una página vacía como una sentencia. La dificultad concreta se transforma entonces en una conclusión desmesurada. Ya no pensamos que hoy algo cuesta, sino que quizá nunca fuimos quienes creíamos ser.
La aventura de Nicky permite separar ambas cosas. Aprender a vivir no equivale a demostrar una competencia sin interrupciones. También exige encontrar vínculos, aceptar ayuda y tolerar días que no ofrecen una prueba brillante de nuestra utilidad. El descanso resulta difícil cuando sentimos que debemos justificar nuestra presencia mediante resultados. Sin embargo, una relación auténtica no debería funcionar como una evaluación continua de capacidades.
La propia película dramatiza ese riesgo de forma literal. Tras un rumor que la señala injustamente como responsable de la enfermedad de un animal, Nicky deja de recibir encargos y pierde la capacidad de volar, justo cuando también nota que ya no entiende a su gato Jiji, su compañero de confianza. Su amiga Ursula, pintora, interpreta el bloqueo no como un castigo sino como algo parecido a una crisis creativa: hay que encontrar un motivo propio antes de que la habilidad regrese por sí sola. La recuperación llega cuando Nicky actúa para salvar a alguien durante un accidente, no cuando intenta forzar el vuelo como una demostración.
Cómo conservar una identidad cuando cambia lo que puedes hacer
Una identidad resiste mejor cuando contiene más de una forma de estar en el mundo. Somos también quienes escuchan, recuerdan, acompañan o se dejan sorprender. Esas dimensiones no eliminan la importancia del trabajo ni del talento, pero impiden que una sola dificultad tenga autoridad para definirlo todo. La vida se vuelve menos frágil cuando no depende de aprobar siempre el mismo examen.
La confianza tampoco exige fingir que nada ha ocurrido. Reconocer un límite puede ser una forma de precisión, no una rendición. Hay momentos para insistir y momentos para cambiar la relación con una tarea. Distinguirlos requiere atención, algo muy diferente de repetir que debemos poder con todo.
La pequeña bruja de Miyazaki invita así a formular una pregunta más amable que la habitual, propia de una película que Miyazaki describió como una reflexión sobre un talento que hay que hacer propio, no solo poseer. No solo qué puedes ofrecer, sino quién eres cuando no tienes que demostrarlo. ¿Qué parte de tu identidad conservarías intacta si mañana dejaras de destacar en aquello por lo que más te reconocen?
