«To act, in its most general sense, means to take an initiative, to begin… to set something into motion». La frase pertenece a La condición humana, publicada en 1958, y sitúa la acción en un lugar muy distinto del mero mantenimiento biológico. Para Hannah Arendt, actuar significa introducir algo en un mundo compartido con otras personas.
La novela Station Eleven, de Emily St. John Mandel, imagina precisamente qué ocurre cuando ese mundo compartido se derrumba. La historia comienza con la muerte del actor Arthur Leander durante una representación de El rey Lear en Toronto. Poco después, una epidemia devastadora provoca el colapso de la civilización.
Veinte años más tarde, Kirsten Raymonde, que era una niña cuando empezó el desastre, forma parte de la Sinfonía Viajera, un grupo de músicos y actores que recorre asentamientos de la región de los Grandes Lagos representando, entre otras obras, a Shakespeare. El planteamiento contiene una pregunta aparentemente absurda: cuando la supervivencia exige alimento, seguridad y refugio, qué sentido tiene seguir representando teatro.
Por qué sobrevivir no basta para construir un mundo
En La condición humana, Arendt distingue dimensiones diferentes de la vita activa. El trabajo ligado a las necesidades biológicas resulta imprescindible, pero la experiencia humana no queda reducida a aquello que hacemos para permanecer vivos. La acción se relaciona directamente con la pluralidad, con nuestra condición de seres que existen entre otros seres humanos.
Station Eleven lleva esa diferencia hasta una situación extrema. Tras la epidemia, comer vuelve a ser una preocupación fundamental. La electricidad, los transportes, internet y numerosas estructuras antes invisibles han desaparecido. Sin embargo, la Sinfonía Viajera insiste en interpretar música y representar teatro.
No es únicamente entretenimiento reservado para cuando terminen los problemas. Es una manera de reconstruir un espacio común. Cuando unas personas se reúnen para contemplar El rey Lear, dejan durante unas horas de ser exclusivamente individuos concentrados en superar el día siguiente. La cultura consigue conservar algo que un almacén de alimentos no puede guardar.
La propia novela entrelaza las vidas anteriores y posteriores al colapso. Arthur, Kirsten y otros personajes están conectados mediante recuerdos, objetos y relatos. Ahí aparece la intuición fundamental: sobrevivir asegura que haya personas mañana. El arte puede contribuir a que esas personas sigan teniendo un mundo.
Qué significa empezar de nuevo cuando el pasado ha desaparecido
La relación que establece Arendt entre acción y comienzo resulta especialmente fértil para leer la novela. En La condición humana, conecta la acción con la natalidad y con la capacidad de comenzar algo nuevo.
Station Eleven evita representar el nuevo mundo como una simple restauración del anterior. Los supervivientes no pueden pulsar un interruptor y recuperar exactamente aquello que perdieron. Tienen que decidir qué conservar, qué transformar y qué abandonar. Por eso resulta significativa la aparición del Museo de la Civilización, donde objetos ordinarios del mundo desaparecido adquieren una función distinta.
Algo parecido sucede con Shakespeare. Las obras sobreviven a las infraestructuras que permitían iluminar un teatro, reservar una entrada o desplazarse hasta una sala. Quedan los actores, los espectadores y las palabras. Y con eso puede empezar algo.
Podemos trasladar esa pregunta a una existencia completamente normal. Trabajar, comer, pagar facturas y dormir son condiciones necesarias. Si toda nuestra vida quedara reducida a mantener en funcionamiento esas necesidades, sería razonable preguntarse qué estamos manteniendo exactamente: la vida puede continuar mientras el mundo interior se empobrece. Y si mañana desapareciera casi todo lo que ahora consideras imprescindible, ¿qué libro, película, canción o historia llevarías contigo para empezar de nuevo?
