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Luis Cernuda: 63 años de ‘Donde habite el olvido’, el poema que convirtió el exilio en un lugar propio

Luis Cernuda murió en Ciudad de México el 5 de noviembre de 1963, al final de veinticinco años de exilio. El título de su poemario más conocido, <em>Donde habite el olvido</em>, nació de un verso de Bécquer y terminó siendo la frase que mejor resume su propia biografía.

Un infarto en casa de la poeta Concha Méndez, en Ciudad de México, acabó el 5 de noviembre de 1963 con la vida de Luis Cernuda. Tenía 61 años y llevaba un cuarto de siglo fuera de España: salió en 1938, antes de que terminara la Guerra Civil, y pasó por Gran Bretaña y Estados Unidos sin volver a pisar su país. Hoy se cumplen 63 años de aquella muerte en un exilio que nunca se interrumpió.

Su poemario Donde habite el olvido, publicado en 1934, toma el título de un verso de Gustavo Adolfo Bécquer: «donde habite el olvido, allí estará mi tumba». Cernuda invierte el sentido original. En Bécquer, el olvido es descanso, el lugar donde por fin se deja de sufrir. En los versos de Cernuda — «donde habite el olvido, / en los vastos jardines sin aurora» —, el olvido deja de ser refugio: se convierte en la presencia constante de lo que no se puede dejar atrás.

Cómo el exilio convirtió un verso juvenil en una profecía

Cernuda escribió ese libro años antes de salir de España, en plena Segunda República, pensando sobre todo en el desamor. Solo con el tiempo esa idea del olvido como herida abierta se reveló como el molde exacto para describir lo que vendría después: un escritor que pasaría el resto de su vida literaria escribiendo desde fuera, sin la posibilidad de un regreso que pudiera cerrar nada.

Esa coincidencia entre un verso escrito en la juventud y una biografía que todavía no existía es uno de los motivos por los que Donde habite el olvido sigue leyéndose como algo más que un libro de ruptura sentimental. El exilio republicano de 1939 dispersó a toda una generación de escritores españoles — Cernuda entre ellos — por México, Argentina, Francia, Reino Unido o Estados Unidos, y muchos de sus versos anteriores a la guerra adquirieron, releídos después, un segundo significado que sus autores no habían podido prever.

Qué queda de Cernuda cuando se le deja de tratar como un poeta maldito

Durante décadas, la biografía de Cernuda — su carácter difícil, su distancia de buena parte de la Generación del 27, los años de exilio sin reconocimiento — pesó tanto como su obra a la hora de hablar de él. La Real Academia Sevillana de Buenas Letras y otras instituciones han dedicado actos por el aniversario de su muerte que insisten en lo contrario: separar al personaje incómodo del poeta que escribió algunos de los versos más influyentes de la lírica española del siglo XX.

Su lugar de descanso, el Panteón Jardín de Ciudad de México, resume sin pretenderlo la paradoja central de su obra: un poeta español enterrado para siempre en el país que lo acogió cuando el suyo dejó de ser habitable para él. Paloma Altolaguirre, hija de la también poeta Concha Méndez, fue quien lo encontró aquel 5 de noviembre. Sesenta y tres años después, el verso que Cernuda tomó prestado de Bécquer para hablar de un amor roto sigue siendo, sobre todo, la descripción más exacta de dónde termina viviendo quien no puede volver.

Elena Vidal

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