Crítica de «Onward», la película de Pixar. Los huérfanos que amaban a su padre

Tiempo de lectura: 6 minutos

Llegaba a los cines españoles este 6 de marzo la última película de Pixar, Onward, con bastante discreción para lo que es habitual en la casa, conocida por muchos como la películas de elfos y magia de Disney junto a Pixar y con la curiosidad, por extraño que parezca, de incluir por primera vez en Disney un personaje declaradamente LGTBI. Cuestión esta última prácticamente intrascendente, ya que apenas aparece durante varios segundos. Por lo que si este era uno de los argumentos para ir a verla, olvídalo. Aunque, eso sí, la película tienes muchas otras razones para convencerte de ir a verla.

El nombre de la marca de la lamparita animada es ya en sí mismo un aliciente y sello de calidad para casi cualquier buen amante del cine. Extraño, sobre todo teniendo en cuenta que sólo se dedican al mundo de la animación, espacio en el que quizás únicamente sea capaz de competirle de tú a tú el reinado los japoneses de Estudio Ghibli.

Sinopsis de Onward

En el mundo antiguo la magia era empleada constantemente por todo aquel que fuera capaz de usarla para hacer prácticamente cualquier cosa, desde lo más mundano a complejas intervenciones. Pero poco a poco, y por culpa de la ciencia y los avances, la magia se fue perdiendo hasta quedar reducido a lo que es en la actualidad de los relojes inteligentes, una cuestión casi de frikis chapados a la antigua.

En este mundo, un inseguro y poco social elfo cumple 16 años y, como regalo de cumpleaños, su madre le da un paquete que su fallecido padre les dejó a él y a su hermano para que lo abrieran cuando ambos fueran adultos.

Ambos son completamente distintos, el ya clásico gordo y flaco con las características ya más que prejuzgadas: gordo extrovertido y bruto, delgado delicado e introvertido. Amante de la magia el grande, indiferente a los trucos el segundo.

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Crítica de Onward

ADVERTENCIA: Es muy injusto comparar de buenas a primeras cualquier nueva película de Pixar con las anteriores producidas por la misma empresa. Se distorsiona el punto de mira y puede ocasionar garrafales errores de apreciación. Por eso mismo no lo haremos aquí.

Onward es capaz de moverse, como sólo las muy buenas películas son capaces, entre el muy delicado terreno que es la mezcla entre el humor y el drama, la sonrisa (que no risa) y la congoja, sin llegar a declinar la balanza de un lado u otro; lo cual estropearía, tal y como hacen las regulares películas, por completo el tono de la cinta.

Te condena a una perpetua inconsciente sonrisa pero sin caer en lo pelma, te aprieta muy fuerte y casi sin avisar el lagrimal pero sin llegar a asfixiarlo en ningún momento.

Onward Crítica

Desde las primeras escenas, Onward da buena muestra de su buen ritmo, comparable al de alguien que camina rápido por la calle. Sin llegar a ir despacio y llegar tarde, sin llegar a ir demasiado deprisa y quitar el aliento. El apartado visual, como no podía ser de otra manera, es impecable.

Uno de los pocos fallos de la película, eso sí, es la aparición de unos pequeños personajes, una especie de duendecillos que, metidos con calzador en mitad del metraje, no aportan prácticamente nada: ni dan tensión ni sentimiento, hasta llegan por momentos a ser irritantes. Son usados en un par de ocasiones como un deus ex machina algo chirriante, impropio recurso de una producción así.

Lo más importante, lo que acaba por calar de Onward y aporta la trascendencia a la narración, es el peso de las relaciones personales y el modo de afrontarlas. Entre los propios hermanos por un lado, y de los hijos con la memoria del padre por otro, siendo especialmente tierno el modo en que ambos luchan juntos y la manera en que el mayor comparte las memorias con el menor, baile en mitad de la nada incluido.

Brotan entre ambos varios temas secundarios, como el papel del feminismo en la mediana edad encarnado por la madre y una especie de monstrua voladora, a la zaga de los chicos pero a sabiendas de que se cruzaran y serán necesarias. También el papel del clásico padrastro incómodo en el tinglado. Temas secundarios que, a pesar de no aportar en exceso ni dar matices relevantes, no molestan en el global.

 

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