Crítica De «El Signo De Leo», Película de Éric Rohmer

Tiempo de lectura: 5 minutos

Descenso por el lado sórdido del río Sena: radiografía de un vago indomable

A todo buen amante del cine, le llega un momento en su vida en el que le da por acudir a algunos clásicos franceses de mediados del siglo XX. Quizás la primera parada sea Truffaut con su celebérrima Los 400 golpes al frente, seguida muy de cerca de Los paraguas de Cheerburgo de Jacques Demy. Completando un particular trío está Éric Rohmer, con su más célebre El signo de Leo, película de la que te dejamos aquí la crítica.

   Argumento y tráiler   

Un cantante bastante vago, que se dice como alguien que debe confiar su porvenir en su buena suerte en lugar de su trabajo, recibe un buen día un telegrama en el que le avisan del fallecimiento de su tía millonaria.

Él, cegado de gozo, ya se puede ver contando billetes y mansiones que le dejara su herencia, la cual celebra con una velada con amigos. Pero todo da un giro cuando se descubra que la difunta decidió dejar toda su fortuna a un primo suyo, por lo que pasa de la noche a la mañana de casi poder percibir el olor a billetes a verse en la calle y casi sin un franco en el bolsillo.

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   Crítica   

En resumen, una cinta más que interesante que nos permite a través de un vistazo rápido y, quizás excesivamente ligero, a la sociedad de mediados de siglo para conocer dónde están las grietas de los individuos y sociedad, no sólo de antaño, sino también actuales.

Varias lecciones morales nos revela poco a poco la cinta estrenada en los años 50, sobre las cuales se vertebra la narración. La más importante de ellas es la enorme virtud del trabajo, o la desgracia de su ausencia, a través de la ninguna capacidad para ejercerlo de un protagonista al que le gusta decir más todo lo que haría que hacerlo, más soñador y mujeriego que trabajador y honesto con sus amigos. Actitud que le hace rodearle cuando tiene todo, para estar solo cuando no tiene nada, pero al que no le importa esta falsedad.

Por otro lado, nos muestra la cara oculta y lúgubre del Sena y, por ende, de la ciudad de París, con su zona baja a la que llegan todos los desechos que en la zona noble y alta, personificados a la perfección por un bollito que el protagonista recoge jugándose su dignidad para, darse al abrirlo, que está desecho y podrido.

Importante también es la crítica que Rohmer hace a las apariencias del que poco tiene y mucho muestra, que en este caso viene dado por un tipo capaz de gastar su dinero en un jabón para limpiar su mancha de aceite en lugar de comprar comida o saldar sus deudas.

   ¿Debes verla?  

   Sí    Te gustan las historias de decadencia que tan populares se hicieron a finales de siglo XX de la mano de Charles Bukowski y su realismo sucio.

  No  Te genera cierta ansiedad pensar que un día te puedas convertir en sintecho.

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