Filosofía

Gaston Bachelard, filósofo: ‘El hombre es una creación del deseo, no de la necesidad’

Analizamos cómo la célebre frase del filósofo francés Gaston Bachelard sobre el deseo y la necesidad define nuestra relación hiperconectada con el consumo y las pantallas en 2026.

Gaston Bachelard, filósofo: 'El hombre es una creación del deseo, no de la necesidad'

Prosopee

Vivimos en una época en la que la supervivencia física, al menos en los entornos urbanos occidentales más estables, está mayoritariamente garantizada. Tenemos acceso al agua potable, a la comida refrigerada, a un techo y a unos mínimos sanitarios que nuestros antepasados habrían considerado ciencia ficción. Sin embargo, si le preguntamos a cualquier persona por la calle cómo se siente, la respuesta rara vez girará en torno a la satisfacción de estas necesidades básicas. El malestar contemporáneo no nace de la carencia material más cruda, sino de un motor invisible y mucho más voraz: aquello que anhelamos, lo que nos falta, lo que persigue nuestro algoritmo de manera incansable.

Sobre esta pulsión eterna reflexionó profundamente el pensador y epistemólogo francés Gaston Bachelard, cuya mirada sobre la imaginación y la psique humana sigue arrojando una luz deslumbrante sobre nuestra modernidad. En una de sus formulaciones más recordadas y certeras, el autor nos dejó una sentencia que desmonta gran parte de la antropología utilitarista tradicional:

El hombre es una creación del deseo, no de la necesidad.

Charith Kodagoda

Esta frase, lejos de ser un mero juego de palabras poético, encierra una clave fundamental para entender por qué los seres humanos somos criaturas tan complejas, insatisfechas y permanentemente orientadas hacia lo que aún no poseemos. Mientras que la necesidad biológica tiene un límite claro y un punto de saciedad —comemos hasta llenarnos, dormimos hasta descansar—, el deseo es intrínsecamente infinito y expansivo. No busca el equilibrio orgánico, sino la superación constante de los propios márgenes.

El algoritmo de 2026 y la mercantilización del anhelo

Si trasladamos la tesis de Bachelard al ecosistema digital de este año 2026, el diagnóstico resulta inquietante y profundamente revelador. Las grandes plataformas tecnológicas y las redes sociales de última generación ya no compiten por cubrir nuestras necesidades de información o comunicación eficiente; esas fases quedaron atrás hace tiempo. La economía actual vive y prospera única y exclusivamente de la gestión sofisticada de nuestros deseos más íntimos. Nos venden identidades, estatus virtuales, pertenencia a comunidades efímeras y la promesa constante de una versión mejorada de nosotros mismos.

Cuando pasamos horas haciendo scroll infinito en el móvil, no estamos respondiendo a una necesidad orgánica de supervivencia, sino alimentando esa maquinaria insaciable del deseo de la que hablaba Bachelard. El diseño de interfaces, las notificaciones intermitentes y los formatos de consumo rápido están calibrados milimétricamente para estimular esa zona del cerebro donde el anhelo nunca se apaga. Comprendemos entonces que no somos consumidores pasivos de productos, sino sujetos moldeados por aquello que se nos enseña a desear.

Reconocer esta condición no debe llevarnos al pesimismo paralizante, sino a una toma de conciencia sobre nuestra propia libertad interior. Volver a las reflexiones de los grandes pensadores clásicos y modernos nos permite trazar una línea de defensa frente a la hiperestimulación comercial y digital. Aprender a distinguir entre lo que verdaderamente necesitamos para vivir con dignidad y aquello que nos inoculan desde fuera como un deseo artificial es el primer paso para recuperar el timón de nuestra propia existencia en un mundo que insiste en definirnos a través de lo que nos falta.