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Ernest Hemingway, escritor: ‘La primera y última cosa que hay que hacer en el mundo es mantenerse vivo’

Una de las frases más rotundas de Ernest Hemingway nos invita a repensar nuestra obsesión contemporánea por la productividad y el cansancio crónico.

Ernest Hemingway, escritor: 'La primera y última cosa que hay que hacer en el mundo es mantenerse vivo'

unattributed

Vivir en el año 2026 se ha convertido, con demasiada frecuencia, en una gimcana de casillas que tachar. Nos levantamos con el piloto automático encendido, consultamos la pantalla del móvil antes siquiera de abrir los ojos por completo y medimos nuestro valor diario en función de cuántas tareas hemos logrado liquidar antes de que caiga el sol. El agotamiento se ha normalizado tanto que lo llevamos como una medalla de honor en las conversaciones de ascensor y en los grupos de WhatsApp. En este ecosistema de hiperactividad y prisa constante, donde parece que existir solo es válido si se traduce en rendimiento económico o visibilidad digital, recuperar la perspectiva fundacional de las cosas suena casi a un acto subversivo.

Esa urgencia por simplificar el ruido y volver a la base es exactamente lo que late detrás de una de las frases más conocidas del premio Nobel estadounidense Ernest Hemingway. Lejos de las grandes disquisiciones filosóficas abstractas, el autor de El viejo y el mar poseía una capacidad quirúrgica para despojar a la existencia de todo artificio innecesario. Su literatura, marcada por la sobriedad y el peso de lo esencial, siempre buscó la verdad descarnada de los instintos humanos. No hablaba desde la teoría, sino desde la experiencia visceral del dolor, la guerra, la naturaleza y la supervivencia.

“La primera y última cosa que hay que hacer en el mundo es mantenerse vivo.”

Debarshi Mukherjee

Cuando el gran reto de hoy es no quemarse mentalmente frente al smartphone

Resulta fascinante comprobar cómo una frase escrita hace décadas encaja con absoluta precisión en los debates sobre salud mental que definen nuestro presente. Hoy en día, el síndrome del trabajador quemado o el desgaste derivado de la sobreexposición informativa amenazan con apagar nuestra chispa vital. Nos pasamos el día gestionando crisis diminutas que nos impiden disfrutar de la auténtica experiencia de estar presentes. Las redes sociales nos exponen de forma constante a vidas ajenas perfectas, generando una presión sorda que nos hace sentir que siempre estamos llegando tarde a todo, que no somos suficientes o que deberíamos estar aprovechando el tiempo de otra manera.

Frente a esa rueda de hámster invisible, la máxima de Hemingway funciona como un cortocircuito mental muy necesario. Mantenerse vivo, en el contexto actual, ya no se limita estrictamente a la mera supervivencia biológica frente a las fieras o los elementos —como ocurría en sus novelas de aventuras—, sino a proteger nuestra integridad psicológica y emocional del torbellino digital. Significa aprender a desconectar la tarifa de datos mental para volver a conectar con el latido real de las horas. Implica entender que cuidar de uno mismo, dormir las horas necesarias, pasear sin mirar el reloj o simplemente no hacer absolutamente nada no es un lujo improductivo, sino la condición indispensable para que todo lo demás tenga sentido.

Quizá la próxima vez que sintamos que la semana nos arrolla y que la lista de pendientes amenaza con devorarnos, convenga recordar esta premisa elemental del viejo lobo de mar de la literatura universal. Antes de ser empleados ejemplares, creadores de contenido brillante, amigos infalibles o ciudadanos hipercompetitivos, estamos aquí para experimentar el milagro cotidiano de la respiración. Todo lo demás, por importante que parezca en una pantalla de cinco pulgadas, siempre será secundario.