En el universo literario de Julio Cortázar, las casualidades nunca son simples accidentes, sino una forma secreta que tiene el destino de articular nuestras vidas. Una de sus frases más universales y grabadas a fuego en el imaginario colectivo pertenece a su obra maestra, Rayuela, un libro que sigue desafiando a los lectores modernos a saltar entre sus páginas sin un rumbo fijo.
Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.
Esta afirmación, pronunciada en el contexto de la mítica novela, va mucho más allá de un simple romanticismo poético. Nos habla de una predisposición íntima hacia el otro, de esa extraña certeza que surge en el interior de los seres humanos cuando menos se lo esperan, alejándose por completo de la frialdad del cálculo racional.
El amor en tiempos de algoritmos y la tiranía del «match»
Si trasladamos esta profunda reflexión de Cortázar al año 2026, el contraste resulta abrumador y casi doloroso. Hoy en día, la sociedad contemporánea ha sustituido el azar del paseo urbano y la sorpresa de la esquina por pantallas táctiles, perfiles hiperfiltrados y aplicaciones que prometen encontrar a tu media naranja en cuestión de segundos mediante algoritmos matemáticos. Hemos convertido el afecto en una mercancía de catálogo donde buscamos activamente aquello que, paradójicamente, solo funciona cuando aparece de forma espontánea. La inmediatez digital nos ha hecho olvidar cómo es dejarse sorprender por la vida real.
Vivimos hiperconectados pero profundamente solos, obsesionados con optimizar cada minuto de nuestro tiempo libre, incluidas nuestras relaciones personales. Nos exigimos fichar en el amor igual que lo hacemos en la jornada laboral, midiendo la compatibilidad antes incluso de cruzar una sola palabra en persona. Frente a esta tiranía de la eficiencia romántica, la lectura de Cortázar se convierte en un acto de resistencia poética. Nos recuerda que las conexiones más verdaderas y transformadoras escapan siempre a cualquier control previo.
Quizás lo que deberíamos aprender de la literatura de Cortázar en este presente acelerado es a bajar el ritmo y permitirnos la deriva. Soltar el teléfono móvil durante unas horas, caminar sin un destino fijo por las calles de nuestra ciudad y recuperar la capacidad de mirar a los ojos a quienes nos rodean. Porque, al final, las grandes historias de nuestra vida siguen naciendo exactamente igual que hace medio siglo: cuando dejamos de buscar obsesivamente y nos permitimos, simplemente, estar abiertos al asombro de encontrar al otro.
