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Paulo Coelho, escritor: ‘Un niño siempre puede enseñar tres cosas a un adulto: a ponerse contento sin motivo, a estar siempre ocupado con algo y a exigir con todas sus fuerzas aquello que desea’

Una reflexión imprescindible sobre cómo la prisa digital y la autoexplotación laboral nos han robado la capacidad infantil de asombro y deseo puro.

Paulo Coelho, escritor: 'Un niño siempre puede enseñar tres cosas a un adulto: a ponerse contento sin motivo, a estar siempre ocupado con algo y a exigir con todas sus fuerzas aquello que desea'

Denise P.S.

Vivimos en una época hiperconectada donde la agenda marca cada segundo de nuestra existencia, un ritmo que contrasta dolorosamente con la pureza de la mirada de la infancia. La prisa por cumplir con las expectativas del entorno nos ha convertido en adultos automatizados. En medio de este ecosistema de notificaciones constantes y correos electrónicos fuera de horario, las palabras del célebre novelista brasileño resuenan como un recordatorio urgente de aquello que hemos perdido en el camino hacia la supuesta madurez.

Un niño siempre puede enseñar tres cosas a un adulto: a ponerse contento sin motivo, a estar siempre ocupado con algo y a exigir con todas sus fuerzas aquello que desea

Rene Terp

Esta poderosa frase, extraída de su universo literario y repetida en incontables conferencias y antologías, encapsula una filosofía de vida radicalmente opuesta al desánimo contemporáneo. Detenernos a analizar esta enseñanza nos obliga a mirar de frente nuestro propio desgaste diario. Nos hemos acostumbrado a justificar la alegría bajo criterios de productividad o éxito material, olvidando que el bienestar genuino no necesita coartadas ni razones justificables para manifestarse.

Del burn-out en el trabajo a la incapacidad de asombrarnos sin mirar el móvil

Si trasladamos esta reflexión al año 2026, el diagnóstico sobre nuestra salud mental es evidente y preocupante. La jornada laboral interminable y el consumo pasivo de redes sociales han secuestrado nuestra atención. Mientras un niño es capaz de sumergirse por completo en el juego más sencillo, el adulto actual es incapaz de pasar diez minutos sin mirar la pantalla del teléfono móvil buscando un estímulo artificial que sustituya la curiosidad orgánica.

La primera gran lección que nos propone el texto es la capacidad de alegrarse sin motivo aparente. La sociedad del rendimiento nos impone la obligación constante de estar bien solo cuando alcanzamos metas. Sin embargo, la infancia nos enseña que el goce puede surgir de la nada, de un rayo de sol cruzando el salón o del simple hecho de existir sin una tarea pendiente en la lista de obligaciones diarias.

En segundo lugar, estar ocupado con algo no significa estar estresado. La diferencia radica en el entusiasmo frente a la obligación impuesta por un sistema laboral asfixiante. Un niño se ocupa con una pasión desbordante en aquello que le divierte, fluyendo en el momento presente sin la ansiedad del futuro o el peso del pasado. Es el polo opuesto a esa procrastinación culpable que sufrimos cuando intentamos descansar pero nuestra mente sigue atrapada en las responsabilidades de la oficina.

Por último, el verbo exigir con todas las fuerzas aquello que se desea se ha atrofiado en los adultos por miedo al fracaso o al juicio ajeno. Nos hemos vuelto tímidos ante nuestros propios sueños, conformándonos con la comodidad de lo previsible. Recuperar esa intensidad infantil no es una llamada a la ingenuidad, sino un acto de resistencia íntima contra la apatía que nos rodea. Leer y reflexionar sobre estas palabras es el primer paso indispensable para volver a habitar nuestra propia vida con autenticidad y alegría desarmante.