Hay confesiones de actor que suenan a frase hecha para quedar bien, y otras que suenan sinceras porque cuesta imaginarlas dichas de otra forma. Esta es de las segundas. Andrew Garfield ha encadenado casi un año entero de rodajes seguidos — ‘The Magic Faraway Tree’, ‘The Uprising’ y ‘Artificial’, el biopic sobre el fundador de OpenAI Sam Altman — y cuando Variety le preguntó si alguna vez piensa en dejarlo todo, no dudó ni un segundo.
«Todo el tiempo. He trabajado muchísimo este año, prácticamente once o doce meses seguidos, proyecto tras proyecto. Quiero que la gente vea esas películas, así que tengo que hablar de ellas, lo entiendo. Pero si fuera por mí, la gente simplemente las vería, y yo podría irme a tallar madera a la campiña de Somerset y pensar en qué estarán haciendo los pájaros.»
Lo que hace que esta frase se quede pegada no es la fantasía pastoril del actor cansado de las cámaras — eso ya lo hemos oído antes. Es la precisión con la que separa dos cosas que la industria suele presentar como una sola: hacer una película y venderla. Garfield deja claro que lo primero le compensa; lo segundo, la rueda interminable de entrevistas, photocalls y promoción, es lo que de verdad le pesa.
La misma fatiga, aunque no tengamos alfombra roja
Hay algo en esa distinción que conecta con una sensación mucho más cotidiana que la de ser una estrella de cine. Casi todo el mundo distingue hoy entre el trabajo que le gusta hacer y la parte de exponerlo — publicar, responder, estar disponible, venderse a uno mismo en cualquier formato que toque. Garfield lo vive a escala de estreno mundial, pero la lógica es la misma que la de cualquiera que ha sentido que la parte visible del trabajo pesa más que el trabajo en sí.
Once o doce meses seguidos de rodaje son, en cualquier profesión, una temporada larga sin respiro. Que la reacción de Garfield no sea presumir de ritmo de trabajo, sino admitir en voz alta que preferiría desaparecer un rato, es un tipo de honestidad poco habitual en una industria que suele vender el agotamiento como entrega. Puede que no todos tengamos una campiña de Somerset a la que retirarnos, pero seguro que todos entendemos las ganas.
