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Federico Fellini, director de cine: ‘La vida es una combinación de magia y pasta’

Una de las mentes más brillantes de la historia del cine nos dejó una máxima vital que hoy, en plena era de la hiperproductividad digital, adquiere un valor subversivo y necesario.

Federico Fellini, director de cine: 'La vida es una combinación de magia y pasta'

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En el panorama cultural y cinematográfico actual, donde la inmediatez y la perfección algorítmica dictan el ritmo de nuestras pantallas, resulta profundamente liberador volver la mirada hacia los clásicos. El cine italiano de autor siempre supo mirar a los ojos a la imperfección humana, encontrando en lo cotidiano un destello de pura trascendencia. Uno de sus máximos exponentes, el genio visionario que convirtió sus propios recuerdos e obsesiones oníricas en celuloide eterno, nos regaló una perspectiva del mundo tan sencilla como desarmante.

La vida es una combinación de magia y pasta.

Rachel Claire

Esta célebre frase, pronunciada por el inolvidable director de y La Dolce Vita, encapsula una filosofía de la existencia que hoy nos resulta casi exótica. Vivimos en un bucle constante de autoexigencia donde parece prohibido disfrutar del presente sin un propósito productivo. Las redes sociales nos bombardean a diario con la obligación moral de optimizar el descanso, convertir cada afición en un negocio o medir el bienestar a través de métricas y relojes inteligentes. Frente a esa tiranía del rendimiento perpetuo, la fórmula del cineasta italiano suena a revolucionaria provocación.

¿Cómo encaja la magia y la pasta en nuestras jornadas de 2026 marcadas por el teletrabajo y las pantallas?

Detengámonos a pensar en cómo hemos transformado nuestros hábitos cotidianos. La jornada laboral se desdibuja en el salón de casa, el teléfono móvil nos acompaña hasta en los escasos minutos de pausa y el ocio se consume a velocidad de vértigo en plataformas de streaming. En este ecosistema hiperconectado, hemos despojado a los pequeños placeres cotidianos de su carácter sagrado. Comer un plato caliente se convierte a menudo en un trámite mecánico mientras escaneamos notificaciones urgentes, y la ‘magia’ —entendida como el asombro ante lo inesperado o lo invisible— ha sido reemplazada por algoritmos predictivos que nos dicen qué comprar, qué escuchar y qué sentir antes incluso de que lo decidamos nosotros mismos.

La propuesta del director no es una apología de la simpleza vacua, sino una invitación radical a reequilibrar nuestras prioridades. La pasta representa lo tangible, lo terrenal, el alimento honesto y el tiempo dedicado a habitar nuestro propio cuerpo sin prisas. Es el acto de sentarse a la mesa con los sentidos despiertos, compartiendo el espacio físico con otros seres humanos lejos del parpadeo azul de los monitores. Es, en definitiva, la aceptación gozosa de nuestra condición corpórea en un mundo que intenta digitalizarnos por completo.

Por otro lado, la ‘magia’ a la que alude el autor de Amarcord no habita en grandes epopeyas inalcanzables, sino en la capacidad de asombro que conservamos intacta cuando decidimos apagar el ruido de fondo. Recuperar esa chispa exige un ejercicio consciente de desconexión y vulnerabilidad. Al igual que en sus películas, donde la realidad y la ensoñación se funden sin costuras aparentes, nuestra rutina diaria necesita de ese espacio liminal donde la imaginación todavía tiene permiso para respirar. No se trata de huir de la realidad, sino de aprender a mirarla con la curiosidad de un niño que asiste por primera vez a la función de un circo ambulante.

Quizá la próxima vez que sintamos que el estrés laboral, la presión social o la fatiga digital nos arrastran hacia el abismo de la apatía, debamos recordar estas palabras con una sonrisa cómplice. El secreto de una vida plena no reside en alcanzar metas imposibles ni en acumular méritos virtuales, sino en saber encontrar el equilibrio exacto entre el sustento del cuerpo y el vuelo de la fantasía. Al fin y al cabo, mientras queden una buena mesa que compartir y una película capaz de emocionarnos en la oscuridad de una sala de cine, el mundo todavía guardará suficientes destellos de esa maravillosa y caótica poesía.