Cuando Alfred Hitchcock estrenó ‘Psicosis’ en 1960, no se limitó a rodar una película: montó una operación de secretismo tan agresiva que, sesenta y seis años después, sigue estudiándose como el origen de la cultura moderna del spoiler. El director estaba dispuesto a lo que hiciera falta para que nadie llegara al cine sabiendo cómo terminaba la historia de Marion Crane.
Compró todas las copias de la novela que pudo encontrar
‘Psicosis’ está basada en la novela homónima de Robert Bloch. En cuanto adquirió los derechos, Hitchcock no se conformó con eso: empezó a comprar todas las copias que pudo encontrar en librerías y puntos de venta, precisamente para reducir las posibilidades de que el público llegara a la sala ya conociendo el giro final. Fue una medida tan inusual como efectiva para la época, cuando prácticamente nadie se preocupaba por proteger el desenlace de una adaptación literaria.
El propio reparto tampoco se libró del hermetismo del director. Anthony Perkins, protagonista de la película, tuvo que jurar guardar el secreto del final, y Hitchcock se negó a revelárselo hasta el momento mismo de rodar esas escenas.
La norma que todavía sigue vigente en los cines
La medida más recordada, sin embargo, fue la que impuso directamente en las salas: prohibió la entrada a cualquier espectador una vez empezada la proyección y mostrado el cartel del título, algo que hoy nos parece normal pero que en 1960 rompía por completo con la costumbre de entrar y salir del cine en cualquier momento de la sesión. Los carteles promocionales de la época insistían en el mensaje con frases como que nadie sería admitido en el cine una vez comenzada la película, ni siquiera los amigos personales del propio Hitchcock.
Esa norma de no admitir entradas tardías, pensada originalmente como estrategia antispoiler, terminó convirtiéndose en el estándar que todavía hoy siguen la inmensa mayoría de las salas de cine en todo el mundo.
Un riesgo que le hizo ganar una fortuna
Hitchcock se jugó además su propio sueldo en la apuesta: renunció a su tarifa habitual como director a cambio de un porcentaje de la recaudación. La jugada le salió bien. Según estimaciones de la revista Variety publicadas a finales de 1960, el director llegó a ganar personalmente en torno a seis millones de dólares con la película, una cifra que en su momento se consideró un récord dentro de la industria.
Más de seis décadas después, la campaña de secretismo de ‘Psicosis’ sigue citándose como el primer gran ejemplo de marketing cinematográfico centrado en proteger el spoiler, mucho antes de que esa palabra formara parte del vocabulario habitual de cualquier espectador de cine.
