La segunda película de Orson Welles tras su debut con la célebre ‘Ciudadano Kane’ sufrió un destino tan trágico que marcó un antes y un después en la historia del cine clásico estadounidense. ‘El cuarto mandamiento’, conocida originalmente como ‘The Magnificent Ambersons’ y estrenada en 1942, cautivó a la crítica y a los historiadores del séptimo arte hasta situarse a la altura de su predecesora. Sin embargo, la copia que sobrevive en la actualidad dista mucho del metraje que su director concibió, rodó y editó inicialmente en las salas de montaje. Aquel esfuerzo creativo se vio truncado por las interferencias corporativas y una destrucción de material que hoy en día sigue generando debates sobre la autoría artística frente a los intereses de los estudios.
El rodaje en Brasil y la toma de control del estudio
El conflicto principal comenzó cuando el cineasta aceptó ceder contractualmente su derecho al montaje final a cambio de que la productora le dejara rodar libremente su siguiente proyecto. Mientras el director se encontraba en Brasil filmando el documental ‘It’s All True’ a petición expresa de Nelson Rockefeller dentro de la llamada Política del Buen Vecino, los ejecutivos tomaron las riendas del largometraje sin ningún tipo de supervisión artística. El montaje inicial del propio realizador alcanzaba los 131 minutos de duración tras una proyección de prueba con respuesta tibia en la localidad de Pomona donde el cineasta comenzó a recortar metraje junto a Robert Wise. Aprovechando su ausencia geográfica en otro continente, la productora decidió apartarle por completo del proceso creativo para intervenir de manera drástica en el resultado final.
La mutilación sistemática y el rechazo de los creadores
La intervención corporativa consistió en eliminar más de 40 minutos adicionales y rodar un desenlace totalmente diferente bajo la batuta del ayudante de dirección Fred Fleck, el propio montador y el director de negocios del estudio Jack Moss. Este final alternativo apostaba por un tono más feliz y convencional que rompía por completo con la atmósfera elegíaca ideada por el autor original. La versión que llegó a las salas comerciales quedó reducida a 88 minutos, desatando la indignación de los implicados hasta el punto de que el compositor Bernard Herrmann exigió retirar su crédito al verse alterada su banda sonora sin su consentimiento. Pese a esta brutal mutilación, la obra recibió cuatro nominaciones a los premios Oscar y en 1991 fue seleccionada para su preservación en el National Film Registry de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.
El intento de reconstrucción mediante inteligencia artificial
Las detalladas notas del cineasta sobre cómo deseaba estructurar el montaje han sobrevivido al paso de los años, pero el celuloide descartado fue destruido por la productora y jamás se ha recuperado físicamente. Ante este vacío histórico, la compañía Showrunner AI, respaldada financieramente por Amazon y liderada por el director ejecutivo Edward Saatchi junto al cineasta Brian Rose, anunció en 2025 sus intenciones de recrear los 43 minutos perdidos mediante herramientas tecnológicas. El proyecto contempla grabar nuevas secuencias con actores de carne y hueso para posteriormente sustituir sus rostros mediante simulaciones digitales que imiten al reparto original de 1942. Esta iniciativa tecnológica pretende dar solución a un enigma cinematográfico histórico que llevaba décadas considerado como un callejón sin salida para la arqueología fílmica.
La indignación de los herederos ante el polémico anuncio
El anuncio de esta recreación artificial no tardó en provocar una fuerte controversia en el sector cultural y entre los defensores del patrimonio cinematográfico tradicional. Según declaraciones concedidas a la revista Variety, la gestora del legado del director, Reeder Brand Management, que representa legalmente a su hija Beatrice Welles, declaró: «Ni siquiera tuvimos la cortesía de un aviso previo», refiriéndose a que la familia no supo del proyecto hasta su presentación pública. Medios internacionales como The Guardian, NPR, The Hollywood Reporter, SlashFilm, The New Yorker y NBC News se hicieron eco de un malestar que pone sobre la mesa los límites éticos de la tecnología aplicada a la restauración de clásicos. La controversia demuestra que la figura del cineasta sigue generando pasiones encontradas y que el intento de enmendar los errores del pasado mediante herramientas digitales abre un frente delicado sobre el respeto a la memoria artística.
