La secuencia central de ‘Cantando bajo la lluvia’ se recuerda como una exhibición de pura alegría cinematográfica, pero su rodaje respondió a dinámicas laborales y físicas bastante más duras. Lejos de la ligereza que proyecta el celuloide, la mítica ejecución de la canción titular acumuló circunstancias extremas que afectaron de pleno a su principal artífice. Desmontar los bulos que rodean este número musical ayuda a entender la verdadera dimensión técnica y humana de una obra fundamental de MGM estrenada en 1952.
Rodar con fiebre de casi cuarenta grados
La persona que saltaba en los charcos y se colgaba de una farola en aquella calle de estudio estaba físicamente destrozada por la enfermedad. El actor y co-director Gene Kelly se metió bajo el chorro artificial de agua con una temperatura corporal de 39,4 grados centígrados, un dato que documentaron tanto la revista Time como The Biography Channel. Su viuda, Patricia Ward Kelly, confirmó años después en una entrevista concedida a Radio Times la gravedad de aquel estado febril.
La tormenta perfecta de dirección y protagonismo
Delegar en otra persona era una opción inviable debido al doble rol que asumía la estrella principal en el set de rodaje. El propio Gene Kelly compartía las labores de dirección junto a Stanley Donen y se encargaba personalmente de diseñar la coreografía de cada número musical que aparecía en el metraje. Patricia Ward Kelly lo resumió así a Radio Times: «Tienes que recordar que él está dirigiendo, coreografiando y protagonizando la película… con Gene, la película depende de él». Entre plano y plano, el realizador y bailarín se tumbaba bajo el sol sobre una lona negra instalada para controlar la luz, intentando literalmente cocinar la fiebre antes de volver a rodar.
El falso mito de la toma única continua
Una de las falacias más repetidas durante décadas sostiene que toda la secuencia se grabó de un solo tirón gracias a varias cámaras situadas estratégicamente. La realidad de la producción que refleja la página de Wikipedia de la película desmonta esa teoría al detallar que el rodaje de la secuencia completa se prolongó entre dos y tres días. Tampoco se sostiene la leyenda urbana de que el líquido elemento se mezcló con leche para conseguir que las gotas destacaran mejor ante la óptica de la cámara. La solución fue puramente cinematográfica y dependió exclusivamente del ingenio de la iluminación empleada por el equipo técnico durante aquellas jornadas intensas de trabajo.
La complejidad lumínica y el traje encogido
Conseguir que la lluvia artificial luciera con nitidez en el celuloide supuso un quebradero de cabeza mayúsculo para el operador de cámara titular. El propio Gene Kelly detalló el proceso real en una entrevista concedida en 1979 a la revista American Film, donde explicó las dificultades que atravesó el fotógrafo Harold Rosson. El propio Kelly lo describió así en esa entrevista: «Tenía que iluminar la lluvia a contraluz y luego iluminar de frente al intérprete. Fue uno de los trabajos más difíciles que he visto, porque no puedes fotografiar la lluvia y verla al mismo tiempo». Por si fuera poco, el continuo contacto con el agua provocó que el traje de lana que vestía el protagonista acabara encogiendo de manera notable durante los días de filmación, tal como recogió en su día el diario Daily Express.
