Los ojos hablan: la importancia de la mirada en el cine

 

Un arma en la interpretación

Una de las principales armas de la que los actores se valen para transmitirnos las emociones de sus personajes es la mirada. Es el núcleo de su expresión facial, la cual, a su vez, constituye la parte visual más importante de su interpretación. Con ella tratan de contagiar desde un sufrimiento atroz a la mayor de las alegrías, pasando por un sinfín de registros posibles, como la sorpresa, la ira, el pánico o la excitación. Pero conseguir un resultado convincente que transmita con éxito y credibilidad los sentimientos requeridos por la escena es una misión mucho más complicada de lo que se suele presuponer. 

Una mirada con una carga expresiva excesiva puede llegar a incomodarnos y darnos una primera pista de que lo que estamos viendo es una hilarante y patética sobreactuación de un actor o actriz que no está a la altura de las circunstancias. Mientras que si se queda corta en cuanto a emotividad, nuestro cerebro automáticamente identificará al autor de semejante sosería como un intérprete inexpresivo, lo que se suele definir comúnmente como «palo» o «robot», ganándose con ello una fama difícil de revertir. Como otras tantas veces, en este terreno la virtud también se halla en el término medio, pero para alcanzar este nivel hace falta una buena dosis de virtuosismo, el cual, por supuesto, no está al alcance de todos. 

 

Síntoma de locura y maldad

Una de las muecas más difíciles de lograr es la de la locura. No es casualidad que las mejores actuaciones en este registro se hayan quedado ancladas en la memoria colectiva. Si hacemos un repaso a las más recordadas, como la de Jack Nicholson en El resplandor, Anthony Hopkins en el papel de Hannibal Lecter, Heath Ledger haciendo de Joker o Anthony Perkins en Psicosis, veremos que eso de inclinar la cabeza ligeramente hacia abajo, al mismo tiempo que se alza la mirada, empieza a denotar que hay algo mal ajustado es esa cabecita. 

Y si la locura parece ser pura interpretación, en el caso de la maldad se puede presuponer que el componente más importante tiene más que ver con una determinada configuración natural del rostro. Algo así se deduce al ver a actores y actrices a los que la naturaleza parece haberles dotado con el don, o haberles puesto la losa, según como se mire, de un rostro y una mirada que los predispone a ser villanos perfectos. Entre los rostros más malvados de los últimos años se encuentran los de Helena Bonham Carter, William Dafoe, Christoph Waltz, Mads Mikkelsen… aunque para muchos el rey es Michael Shannon. Entre todos ellos suman un buen puñado de asesinatos y actos atroces en la pantalla, además de una buena dosis de injusta animadversión como respuesta por parte de los espectadores. Echando un rápido vistazo a los ojos de los antagonistas más populares se puede llegar a la conclusión de que tener una mirada severa o prominentes ojeras, como es de esperar, da puntos. También parece ser importante, en el caso de que el rival a batir sea de la talla de James Bond o similar, alguna cicatriz alrededor de la zona de los ojos, como guinda al pastel.  

La mirada de terror tampoco es, según se puede deducir, cuestión de coser y cantar. Y aquí la primera regla para que la interpretación nos entre por los ojos radica en abrir estos mismos más de lo que se suele hacer en una expresión natural, aunque sin llegar a lo histriónico, por supuesto. Por ejemplo, en El resplandor, los ojos de Shelley Duvall, abiertos de un modo hiperbólico, recuerdan más a alguien a quien acaban de encender las luces en un after a las ocho de la mañana que a una mujer cuya vida está en peligro. Aunque, para ser justos, sus ojos, ya de por sí saltones, no le fueron de gran ayuda. Mucho más creíbles son los de Daniel Kaluuya en el cartel comercial de Get out, cuya mueca es capaz al mismo tiempo de transmitir terror y suscitar el interés por saber qué es lo que está viendo mientras mira hacia arriba; dos emociones perfectas para incrementar el interés por una película como esta. Toni Collette también consigue alcanzar el equilibrio perfecto en Hereditary, en la que es capaz de transmitirnos puro pánico, y cuyo rostro de pavor, iluminado por el fuego, ha conseguido hacerse un hueco entre las mejores interpretaciones de gente asustada -ojalá hubiera una categoría así en los Óscar- de los últimos años. 

Como curiosidad, en cuanto al género de terror, tenemos a The eye, en la que una violinista operada de doble transplante de córnea empieza a tener espeluznantes visiones tras recibir los ojos de un difunto, como una especie de castigo por adueñarse de una mirada ajena. La imagen promocional principal, en la que una mano parece querer salir de un ojo, es bastante mejor que la propia película en sí misma, todo sea dicho. También merece la pena recordar a El ojo. La criatura de otro mundo, en la que extraterrestres con forma de único ojo atemorizan a los habitantes de la Tierra. 

La falta de ojos, por su parte, puede ser un buen recurso para deshumanizar. El mejor ejemplo lo tenemos en El exorcista, cuando una poseída Linda Blair los torna en un blanco absoluto como un signo más de que el mismo mal es ya dueño de ella. Aunque es curioso cómo en Los ojos sin rostro, la película de 1960, ocurre justo lo contrario: un cirujano trata de reconstruir la destrozada cara de su hija, quien tiene un diabólico semblante constituido por unos dulces ojos que miran desde un rostro al cual le faltan el resto de rasgos.

 

Ojos icónicos

Hay que recordar también que algunos actores han sabido explotar el carácter de sus propios ojos y su propia mirada hasta convertirlos en una seña de identidad, rozando en ocasiones la posibilidad de registrarlos como marca comercial. Puestos a elaborar un top histórico, quizás los más destacados  sean los de Paul Newman como representante masculino y Ava Gardner en el lado femenino; aunque tampoco sería extremadamente difícil reconocer la identidad de Lauren Bacal, James Dean o Sophia Loren si alguien pone el reto de adivinar de quién se trata atendiendo únicamente a esta parte del cuerpo. Como curiosidad, Kate Bosworth, a quien quizás conozcas por 21 blackjack o Superman returns, padece de heterocromía, una curiosa anomalía consistente en tener cada iris de un color. Mención especial también merece Frank Sinatra, cuyos claros iris azulados tejieron a su alrededor el eterno sobrenombre del viejo de los ojos azules. 

 

Otros usos

Aunque no todo lo que tiene que ver con los ojos en el cine es expresión o identidad. En ocasiones asumen una determinada función en la narración. Esto ocurre en El secreto de sus ojos, la aclamada película de Ricardo Darín bajo la dirección de Juan José Campanella. En ella, una mirada en una foto es la única pista que tiene un oficial de juzgado que no sabe por dónde meter mano al caso de asesinato de una joven. Congelado en el tiempo, en papel ajado, el sospechoso del crimen mira a la chica, según las propias palabras del protagonista, «con un estado de amor puro, sin el desgaste de lo cotidiano, de lo obligatorio». 

Tom Ford, por su parte, creaba su propia oda a la mirada en Un hombre soltero. En ella, un par de ojos abarcan, en lugar de una pequeña fotografía, una pared entera, y se muestra a través de ellos, jugando con la iluminación, los sentimientos del protagonista. Colin Firth interpreta a un profesor de universidad que está obligado a padecer en soledad el fallecimiento de su novio, con quien mantenía una relación clandestina en unos años sesenta aún en pañales en materia de derechos LGTBI. El hombre se topa a la salida de una liquor store con un atractivo joven español, interpretado por Jon Kortajarena, quien promete hacerle olvidar con su compañía todo lo malo que le haya ocurrido. Los ojos, que pertenecen a un cartel comercial de la película Psicosis, están en la pared de fondo y nos explican de forma explícita los sentimientos del viudo ante tal encuentro, luciendo un frío azul antes de entrar a la tienda solo, y un pasional y cálido rojo a la salida, cuando ya está acompañado. Pero, a pesar del contraste en cuanto a la tonalidad, la expresión de sufrimiento y miedo del mural se mantiene intacta en ambas ocasiones. Esta mueca denota lo poco le importa estar solo o en compañía, por agradable que esta le sea, pues ya es incapaz de despegar de él la angustia y la soledad en la que está sumido sin su eterno amado.

Tampoco se debe de olvidar la importancia argumental de la que goza la mirada en Blade Runner, de Ridley Scott. Ya se muestra en la misma introducción un ojo en el cual se puede ver el reflejo de las luces y el fuego de la ciudad; también son la clave para diferenciar a humanos y replicantes, siendo los primeros los únicos capaces de representar las emociones a través de ellos, mientras que los segundos reflejan un brillo amarillento. Durante toda la cinta, además, aparecen primeros planos de miradas, tanto humanas como robóticas, e incluso llega a aparecer un artesano de ojos en su fábrica. 

 

La mirada voyeur

Yendo un paso más allá, hay ocasiones en las que la mirada sirve como llave para abrir una puerta tras la que hay una determinada información. El ejemplo más común es el de la mirada voyeur del que ve más allá de lo que las normas, siempre sociales, a veces legales, le permiten. Con su uso se suele dar paso al terreno de lo prohibido, lo vedado, lo confidencial.  

En este sentido, tenemos aún reciente en la retina La mujer en la ventana, que nos presenta a Amy Adams en el papel de una depresiva mujer horrorizada por lo que ve desde su ventana en la casa de sus vecinos. Y es precisamente  La ventana indiscreta, la obra de Alfred Hitchcock que claramente inspira a la anterior, una de las pioneras de este uso. En ella, un fotógrafo escayolado, interpretado por James Stewart, pasa sus días, sus tardes y sus noches espiando a los vecinos del bloque de enfrente a través de unos prismáticos. Entre ellos, la mayoría monótonos y sin demasiado interés, da con uno que parece asesinar a su mujer. No tiene pruebas sólidas más allá de su palabra para demostrarlo, ni siquiera para convencer a su novia, quien le encuentra delirante, en un claro ejemplo de lo que vemos no es sólo lo que vemos, sino que también abarca lo que creemos haber visto, y que irremediablemente el tiempo lo transforma en lo que recordamos. Pero él se resiste a dejar de creerse a sí mismo y a su memoria. Lo verdaderamente importante en ambos casos es que quien otea a hurtadillas dentro de la pantalla y espectador están unidos en un manido recurso narrativo que sitúa al mismo tiempo una determinada información compartida por ambos y que es rechazada de pleno y de forma burlesca por el resto de personajes. Esto, tan común en los inicios de multitud de ficciones de terror, es extrapolable a un buen número de historias en las que un protagonista de mirada voyeur consigue información privilegiada antes que cualquier otro personaje. 

Jaume Balagueró, por su parte, y siguiendo esta vía de complicidad entre quienes están a cada lado de la pantalla, nos hace partícipes de un macabro juego en Mientras duermes. En ella se nos pone tras la mirada de Luis Tosar, quien interpreta a un portero acostumbrado a ver pasar a sus vecinos y que se obsesiona con una vecina en particular, siempre sonriente según él, llegando a espiarla en su propia casa mientras duerme.  

Aunque Spike Jonze superaría a todos ellos en Cómo ser John Malkovich -con el guion del ahora venerado Charlie Kaufman-, en la que el protagonista experimenta el gusto por mirar lo ajeno al introducirse a través de un agujero de una oficina en la mente de John Malkovich. Desde el cerebro del hombre puede ver (oh, giro narrativo completamente meta para este artículo) lo mismo que el propio hombre. Ve lo que el otro mira. Ve lo que otro ve. El voyeur del voyeur.  

En esta misma línea voyeurística, pero en el original significado sexual de la palabra, existen un puñado de obras en las cuales se trata el tema de la mirada que espía el desnudo ajeno. Y, aunque sea de un modo no tan relevante para la narración, tiende a desencadenar un torrente de prohibido erotismo. En Porky´s unos jóvenes obsesionados con perder su virginidad deciden espiar a través de unos minúsculos agujeros en la pared a las chicas de su instituto, quienes se duchan sin saberse observadas. En el caso de Doble de cuerpo, de Brian de Palma, es un actor venido a menos el que ve cada noche, a través de un telescopio, cómo su vecina de enfrente hace a una hora muy concreta un erótico baile. Por su parte, David Lynch va un paso más allá y nos fuerza en Terciopelo azul a meternos en el armario, tal y como hace el personaje, para presenciar, a hurtadillas y a través de las rejillas, la violación con tintes de parafilia que lleva a cabo Dennis Hopper en el papel de psicótico. 

 

El terreno de lo gore

Abriendo una nueva vía, nos topamos con que en muchas ocasiones el género gore se basa en la singular debilidad física de los ojos -la parte más desprotegida del cuerpo y que requiere de la protección de unos párpados- para hacernos sufrir una especial y desagradable sensación corporal con la que tendemos a retorcernos en el asiento. Ya en 1926, El acorazado Potemkin, la cual supondría una revolución en cuanto a lenguaje audiovisual, expondría por apenas unas décimas de segundo la imagen del ojo reventado de una revolucionaria, parcialmente oculto, eso sí, tras unas finas lentes. Aunque si se atiende a imágenes perturbadoras, seguramente ya se te haya venido a la mente -y estás tratando de alejar- el celebérrimo fotograma de Un perro andaluz, de Luis Buñuel, en el que una navaja de afeitar está próxima y amenazante al ojo de una mujer. Por su parte, el espectador que vea Los pájaros, tendrá al menos la suerte no sentir el pánico por lo que se avecina, sino que simplemente ve el destrozo ya ejecutado: los agresivos aves protagonistas ya han vaciado las cuencas oculares de un granjero pensando que sería un excelente alimento cuando se descubre al espectador su cadáver, yacente en su habitación. En la Naranja mecánica, de Stanley Kubrick, el espectador debe hacer frente a la desagradable sensación que siente, sin saber muy bien por qué, al asistir a la terapia en la que los ojos del actor Malcolm McDowell son cogidos con pinzas para evitar que se cierren y esté obligado así a seguir viendo las imágenes de violencia a las que es expuesto. A Bruce Willis poco le tiembla el pulso en La jungla 2: Alerta roja, cuando atraviesa el ojo de su enemigo con un carámbano para salvar su vida. Aunque algo más asquerosa resulta la textura de la madera al atravesar esta parte del cuerpo tan delicada, y esto lo sabemos gracias a Nueva York bajo el terror de los zombis, cuya escena en la que una joven experimenta tan desagradable situación fue originalmente censurada. Por suerte, o por desgracia, no es difícil dar con ella hoy en día gracias a YouTube.

Aunque si una escena se tiene que llevar el premio a lo rocambolesco y lo gore, hablando de ojos, esta pertenece a Destino final 5. En esta última película de esta sangrienta saga brilla por delante de todas las muertes la que acontece en un oculista y que acaba, tras un inoportuno fallo de una máquina, con el ojo de la protagonista fuera de su cavidad orbitaria y sirviéndole a ella misma, oh irónico destino, para tropezar con él y salir volando por la ventana.  Aunque no es la única vez que hayamos tenido el honor de verlos fuera de órbita en la gran pantalla. En Indiana Jones y el templo maldito podemos asistir estupefactos a cómo se sirve como si tal cosa una sopa de ojos. En Terroríficamente muertos se puede apreciar uno, con nervio óptico incluido, volando e introduciéndose en la boca de una joven, acallando así su grito de pánico. 

 

Un paso más agradable

Algo más agradable y divertida es la presencia en El laberinto del fauno, película de Guillermo del Toro en la que, abrazando el puro surrealismo, uno de los seres que aparecen en ella, el Hombre Pálido, tiene sus ojos en sus propias manos. Lo que da a la criatura un pintoresco modo de otear lo que le rodea consistente en llevarse las manos a la parte frontal y lisa de su cabeza. 

Por último, echando un vistazo a la relación entre ojos y el género de la ciencia ficción, una de las utilidades tradicionalmente más usadas es la de abrir las puertas acercando el iris a la cámara, cuestión que se puso de moda hace unos años y que no podía faltar en cualquier película de tintes futurísticos que se preciase. Máxima representante de esto es Minority report, en la que el protagonista incluso necesita un transplante de ellos para conseguir pasar desapercibido en su huida. Aunque esto parece haber caído ya en desuso, seguramente porque perdió espectacularidad desde que Apple introdujo la posibilidad de desbloquear el iPhone con nuestro rostro; lo que casi era magia convertido en mundano. Pero esta no es la única utilidad, por supuesto. En Orígenes, es en el ojo humano donde parece reposar la clave misma de la existencia humana. En ella, un biólogo molecular investiga la posibilidad de que los seres humanos se reencarnen tras su muerte, y es precisamente el iris, único e irrepetible, el único chivato físico que le permite trazar una misma identidad espiritual entre personas que han vivido en momentos diferentes. Serias implicaciones para la humanidad también se esconden en 28 semanas después, la cinta de Juan Carlos Fresnadillo que fija en la heterocromía -recordatorio: tener cada uno de los ojos de un color diferente- la clave para derrotar la plaga zombi que sufren. 

Ampliando las palabras de Ricardo Darín en El secreto de sus ojos, si «los ojos hablan», entonces la mirada dice. Pero para oír de qué se trata hace falta estar lo suficientemente atento a lo que vemos en la pantalla. 


 



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