Hace exactamente seis años, el 6 de noviembre de 2020, murió en París el cineasta y político argentino Fernando «Pino» Solanas, a los 84 años y por complicaciones derivadas de la covid-19. Era en ese momento embajador de Argentina ante la Unesco, pero su nombre había quedado ligado desde 1968 a una sola obra: La hora de los hornos, un documental de más de cuatro horas que rodó junto a Octavio Getino sin permiso de nadie, sabiendo que el gobierno militar de entonces nunca lo autorizaría.
Qué cuenta La hora de los hornos y por qué se filmó así
La película se divide en tres partes — «Neocolonialismo y violencia», «Acto para la liberación» y «Violencia y liberación» — y mezcla entrevistas, noticieros y material de archivo para describir la dependencia económica y política de Argentina. El título no es invención de Solanas: lo tomó de una frase del cubano José Martí, «es la hora de los hornos, y no se ha de ver más que la luz», que Ernesto Guevara había citado antes en un discurso de 1967.
Rodarla exigió condiciones casi clandestinas. El equipo trabajó sin financiación oficial, ocultando el material y distribuyendo copias de mano en mano en sesiones privadas, porque estrenarla en una sala comercial argentina era sencillamente imposible bajo la dictadura de la época. Esa misma película que hoy se estudia en facultades de cine de medio mundo nació, literalmente, para no poder proyectarse donde se había filmado.
Qué fue el ‘tercer cine’ que Solanas definió junto a Getino
En 1969, Solanas y Getino publicaron el manifiesto Hacia un tercer cine, un texto que proponía una alternativa tanto al cine comercial de Hollywood («primer cine») como al cine de autor europeo («segundo cine»): un cine militante, pensado para discutirse colectivamente después de la proyección, no solo para contemplarse en silencio. El tercer cine no buscaba entretener, sino convertir la sala en una asamblea.
Esa idea explica por qué La hora de los hornos incluye pausas explícitas pensadas para el debate del público presente, algo infrecuente incluso en el documental político de la época. El manifiesto tuvo recorrido propio fuera de Argentina y terminó influyendo en cineastas de buena parte de América Latina durante los años setenta, mucho después de que la propia película dejara de poder verse con normalidad en su país de origen.
Qué hizo Solanas después del documental que lo definió
Solanas no se quedó en aquella única película. Veinte años más tarde dirigió Sur (1988), un drama sobre un preso político que regresa a Buenos Aires tras la dictadura, que le dio el premio al mejor director en el Festival de Cannes. En los noventa siguió retratando la Argentina de la crisis con documentales como Memoria del saqueo, siempre con la misma convicción de que el cine podía señalar causas concretas, no solo describir síntomas.
Ya en democracia, Solanas dio además el paso a la política institucional: fue diputado nacional, candidato presidencial en 2007 y, finalmente, embajador argentino ante la Unesco, el cargo que ocupaba cuando murió en Francia tras varias semanas hospitalizado por covid-19. Seis años después, La hora de los hornos sigue siendo el ejemplo más citado de lo que ocurre cuando una película se concibe no como mercancía ni como arte individual, sino como una herramienta pensada para intervenir directamente en la realidad que retrata. ¿Puede un documental seguir siendo «político» si ya no genera ningún debate al verlo?
