Cuando Francis Ford Coppola subió al escenario del Festival de Cannes en 1979 para presentar ‘Apocalypse Now‘, resumió el rodaje con una frase que se ha repetido desde entonces casi palabra por palabra: Estábamos en la selva. Éramos demasiados. Tuvimos acceso a demasiado dinero, demasiado equipo, y poco a poco nos volvimos locos
. No era una exageración retórica para vender la película. El documental ‘Hearts of Darkness: A Filmmaker’s Apocalypse’ (1991), grabado con material rodado por la propia esposa de Coppola durante el proceso, terminó de confirmar que casi todo lo que se rumoreaba sobre aquel rodaje era, en mayor o menor medida, cierto.
Un tifón, meses de retraso y un presupuesto que se triplicó
La película, ambientada durante la guerra de Vietnam y libremente inspirada en la novela corta ‘El corazón de las tinieblas’ de Joseph Conrad, se rodó casi íntegramente en Filipinas. El rodaje estaba planeado para durar unas seis semanas. Terminó extendiéndose, con interrupciones incluidas, a lo largo de 238 días de filmación repartidos en más de un año. Parte de la culpa fue del propio clima: en mayo de 1976, el tifón Olga golpeó la isla de Luzón y destruyó entre el 40% y el 80% de los decorados construidos en Iba, obligando al equipo a reconstruir buena parte de las localizaciones desde cero antes de poder seguir rodando. El presupuesto inicial, de unos 12 millones de dólares, terminó disparándose hasta los 30-31,5 millones — Coppola llegó a hipotecar propiedades personales para mantener la producción en marcha.
El actor que llegó sin haberse leído el libro
Marlon Brando, contratado específicamente para interpretar al coronel Kurtz por su capacidad de encarnar ese tipo de personaje literario, llegó al set en 1976 visiblemente sobrepeso y, según el propio relato de Coppola, sin haber leído la novela de Conrad en la que se inspiraba su propio personaje — algo que el entorno de Brando ha discutido después, y que el propio actor, en grabaciones de audio recuperadas para el documental, contradice al afirmar que sí la leyó y que reescribió parte de su diálogo por su cuenta. Sea como sea, la solución que encontraron Coppola y el director de fotografía Vittorio Storaro para dos problemas a la vez —un actor que no encajaba físicamente con el personaje descrito en el guion y buena parte de un diálogo improvisado sobre la marcha— fue filmarlo casi siempre entre sombras y en silueta, dejando que fuera la voz y la actitud de Brando, no su presencia física, la que construyera al personaje. El resultado es una de las apariciones más memorables e inquietantes del cine de los setenta, construida en gran parte para disimular un problema de producción.
El infarto real de Martin Sheen
El episodio más grave del rodaje, sin embargo, no tuvo nada de leyenda ni de anécdota exagerada: Martin Sheen, protagonista de la película con 36 años en ese momento, sufrió un infarto real durante el rodaje en marzo de 1977. Según los relatos recogidos después, llegó a arrastrarse cerca de 400 metros buscando ayuda tras sentirse mal en pleno rodaje. La producción se detuvo por completo mientras Sheen se recuperaba, entre cinco y seis semanas según las fuentes, antes de que pudiera volver a ponerse frente a la cámara para terminar una película que, para entonces, ya llevaba mucho más tiempo del previsto y mucho menos control del que Coppola hubiera querido admitir en público.
El rito real que generó polémica
Otro de los episodios más comentados del rodaje es la escena del sacrificio de un búfalo de agua, filmada como parte de un ritual auténtico de la comunidad ifugao local, no como un efecto simulado para la cámara. El equipo llegó a un acuerdo de intercambio de uso de tierra con la comunidad para poder filmar la ceremonia tal cual se realizaba de verdad, sin ninguna puesta en escena adicional. La American Humane Association, la organización que certifica el trato a los animales en producciones de Hollywood, calificó después esa escena concreta como «inaceptable» según sus propios estándares — aunque, al tratarse de un ritual cultural real y no de una escena diseñada para la ficción, quedó fuera del control habitual que la organización ejerce sobre los rodajes.
El propio equipo de producción negoció ese acceso como parte de un intercambio más amplio con la comunidad local: a cambio de permitir el rodaje y participar como figurantes en varias escenas, la producción cedió el uso de determinadas tierras y recursos durante el tiempo que duró el rodaje en la zona. Es un detalle que rara vez se cuenta junto a la polémica del sacrificio en sí, pero que explica por qué un ritual religioso auténtico terminó formando parte de una película de Hollywood sin que nadie lo hubiera diseñado como escena de guion.
Casi cincuenta años después, ‘Apocalypse Now’ sigue citándose como el ejemplo perfecto de una película cuyo caos de producción terminó, contra todo pronóstico, alimentando en vez de hundiendo la obra final: el desgaste real de su reparto y equipo se filtra en cada fotograma de una película sobre los límites de la cordura humana, rodada por gente que estuvo, durante meses, genuinamente cerca de perder la suya.
