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Walt Disney persiguió los derechos de ‘Mary Poppins’ durante 20 años, y la noche del estreno la autora del libro acabó llorando entre el público

P.L. Travers tardó dos décadas en ceder los derechos de su niñera mágica a Walt Disney, y se arrepintió casi de inmediato. La noche del estreno de 1964 terminó llorando en su butaca y exigiéndole a Disney que quitara la animación de la película. Él le contestó: 'el barco ya ha zarpado'.

Walt Disney persiguió los derechos de 'Mary Poppins' durante 20 años, y la noche del estreno la autora del libro acabó llorando entre el público

Antoine Taveneaux (CC BY-SA 3.0) / Wikimedia Commons

Hay películas que nacen de una negociación fácil, y hay películas que tardan veinte años en conseguir el sí de su autora, para acabar siendo, la noche de su estreno, un motivo de llanto para esa misma persona. ‘Mary Poppins’ (1964) es el segundo caso, y la historia real detrás de ese pulso entre Walt Disney y la escritora P.L. Travers es tan buena como cualquier cosa que haya salido de un guion de Hollywood.

Veinte años de cartas y negativas

El editor de Travers, Eugene Reynal, le envió a Walt Disney un ejemplar del libro en 1934, el mismo año de su publicación, con una dedicatoria que decía: «No es otro Mickey, pero creo que te gustará nuestra Mary». Disney, sin embargo, no se puso en contacto con la autora hasta unos diez años después, cuando descubrió que a su hija Diane le encantaban los libros. A partir de ahí, él y su hermano Roy Disney mantuvieron conversaciones intermitentes con Travers a lo largo de casi dos décadas, sin conseguir que cediera.

Travers no era una autora fácil de convencer. Desconfiaba del tratamiento que Hollywood pudiera darle a su personaje, y solo accedió a negociar en serio a finales de los años 50. El abogado neoyorquino Arnold Goodman, representante de Travers, fue quien cerró los términos del acuerdo: en una carta de julio de 1959, le explicó que Disney le permitiría aportar un tratamiento o guion propio, aunque eso no impediría que el estudio desarrollara también el suyo, y que Travers tendría la última palabra sobre la versión final de la historia.

El contrato que le daba la última palabra

Ese derecho de aprobación se convirtió en el centro de todo el conflicto posterior. Según el archivo que conserva la biblioteca Cotsen de la Universidad de Princeton, Travers ejerció ese veto con firmeza durante toda la producción: rechazó, por ejemplo, cualquier intento de llevar la historia al teatro mientras durara su acuerdo con Disney, por miedo a que se mezclaran elementos del libro con canciones y escenas de la futura película. También fue consultada sobre decisiones de casting, aunque el resultado final —con Julie Andrews como Mary Poppins y Dick Van Dyke como Bert— contó con su aprobación explícita.

Lo que nunca logró controlar del todo fue el tono de la película. Travers quería una Mary Poppins fiel al original: más seca, más severa, menos azucarada que la que finalmente llegó a la pantalla. Y, sobre todo, se opuso a la secuencia animada con pingüinos bailarines que Disney insertó en mitad de la película, pidiendo repetidamente que se eliminara antes del estreno.

Boy Scouts of America / dominio público / Wikimedia Commons

La noche del estreno que nadie esperaba

El 27 de agosto de 1964, ‘Mary Poppins’ se estrenó en el Grauman’s Chinese Theatre de Hollywood. Travers no estaba en la lista de invitados: tuvo que insistir para conseguir asistir, y el estudio acabó enviándole una invitación formal con un acompañante asignado para la velada. Durante la proyección, según el relato recogido de archivos y biografías sobre la autora, Travers lloró, y más tarde describiría esas lágrimas como amargas, diciendo que se sintió «conmocionada» por lo que consideraba una distorsión de su libro.

En la fiesta posterior, le dijo a Disney en voz alta que lo primero que tenía que desaparecer era la secuencia de animación. La respuesta de Disney, ya convertida en una de las frases más citadas de toda esta historia, fue tajante: «Pamela, el barco ya ha zarpado». En público, Travers mantuvo las formas: le escribió una nota diciendo que el estreno había sido maravilloso, aunque la verdadera Mary Poppins seguía viviendo, para ella, solo entre las tapas de sus libros. En privado fue mucho más dura: en una carta a su editor fechada en septiembre de 1964, calificó la película de «puro Disney: espectacular, llena de color, preciosa, pero envuelta en una mediocridad de fondo».

Pese a todo, la película fue un éxito arrollador: ganó cinco premios Óscar, incluido el de mejor actriz para Julie Andrews, y quedó nominada a mejor película.

Un veto que duró el resto de su vida

El conflicto con Travers no terminó con la fiesta de estreno. La autora vetó cualquier nueva adaptación de sus libros mientras vivió, precisamente por culpa de aquella secuencia animada que nunca le perdonó a Walt Disney, fallecido en 1966, apenas dos años después del estreno. Solo mucho más tarde, ya en los años 80, trabajando junto al historiador y escritor Brian Sibley en un proyecto de secuela que nunca llegó a filmarse, pareció suavizar un poco su juicio sobre la película: según el propio Sibley, la idea extendida de que Travers «odiaba» la cinta era, en realidad, más matizada de lo que se suele contar.

Travers murió en 1996, casi treinta años después de aquella noche en el Grauman’s Chinese Theatre, sin haber vuelto a ceder los derechos de ningún otro libro de la saga. La historia de aquel pulso de dos décadas, y de las lágrimas que le costó verlo finalmente resuelto en una pantalla, se recuperó mucho después en la película ‘Saving Mr. Banks’ (2013), con Emma Thompson dando vida a la propia Travers. Pero la versión dramatizada, por emotiva que resulte, es solo un reflejo parcial de lo que de verdad ocurrió entre la escritora y el estudio: el acuerdo real, las cartas de su abogado y la frase que Disney le soltó esa noche en la fiesta siguen siendo, documentos en mano, mucho más interesantes que cualquier guion inventado sobre ellos.

Ana Ferrer

Ana es la firma de PlotTwist para la crítica cultural: reseñas de libros y críticas de cine de autor, siempre con un ojo puesto en lo que la obra dice del momento que vivimos.

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