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Jodie Comer, actriz: ‘Cuando te metes en la piel de alguien que no se parece en nada a ti, descubres que la empatía no es una opción, sino un músculo que hay que entrenar todos los días’

Una reflexión profunda sobre la capacidad de la interpretación para ensanchar nuestra mirada hacia los demás.

Jodie Comer, actriz: 'Cuando te metes en la piel de alguien que no se parece en nada a ti, descubres que la empatía no es una opción, sino un músculo que hay que entrenar todos los días'

Wikipedia

En una época donde la inmediatez de las pantallas y el ruido de las notificaciones reducen nuestra capacidad de atención a mínimos históricos, el ejercicio de ponerse en el lugar del otro se ha convertido en una auténtica rareza. Nos pasamos el día opinando sobre vidas ajenas sin detenernos ni un segundo a comprender las motivaciones profundas que hay detrás de cada conducta. Vivimos atrincherados en nuestras certezas, consumiendo contenidos personalizados que reafirman nuestros propios prejuicios y nos aíslan de cualquier perspectiva disonante. Frente a esta tendencia contemporánea hacia el aislamiento mental, figuras del mundo de la interpretación como Jodie Comer nos recuerdan que la ficción sigue siendo el último gran refugio de la comprensión humana.

Conocida universalmente por dar vida a la inolvidable Villanelle en Killing Eve o por su desgarrador trabajo en miniseries de gran calado social como Help, la actriz británica ha construido una carrera basada en la mutación constante. Comer no se limita a interpretar personajes; los habita desde sus contradicciones más oscuras y sus vulnerabilidades más íntimas, negándose rotundamente a juzgarlos. Para ella, el arte dramático no consiste en buscar la aprobación del público mediante la simpatía, sino en desenterrar la humanidad que late incluso en los lugares más recónditos e incómodos de la psique. Es en ese proceso donde la actuación trasciende el mero entretenimiento y se transforma en una herramienta de exploración psicológica de primer orden.

‘Cuando te metes en la piel de alguien que no se parece en nada a ti, descubres que la empatía no es una opción, sino un músculo que hay que entrenar todos los días.’

Thien Phuoc Phuong

Esta conocida reflexión de la actriz sobre su oficio resuena con especial fuerza en el año 2026, un momento en el que el debate sobre la polarización social y la incapacidad de diálogo inunda nuestras jornadas laborales, nuestras cenas familiares y los interminables debates digitales. Nos resulta infinitamente más fácil cancelar y descartar que hacer el esfuerzo cognitivo y emocional de entender qué circunstancias han llevado a alguien a pensar o actuar de un modo radicalmente opuesto al nuestro. La empatía, tal y como señala Comer, se ha atrofiado por falta de uso, sustituida por una reacción automática de rechazo ante lo que nos resulta ajeno, extraño o incómodo de procesar.

Pantallas, algoritmo y el reto diario de conectar con la vulnerabilidad ajena

Resulta paradójico que, en el momento histórico con mayor acceso a historias y relatos de todo el planeta, nuestra musculatura empática se encuentre tan debilitada. Los algoritmos que gobiernan nuestras aplicaciones de ocio y redes sociales están diseñados para alimentar nuestra comodidad, no para desafiar nuestras perspectivas morales. Nos ofrecen un espejo constante donde solo se reflejan nuestros gustos, nuestras ideas políticas y nuestros anhelos estéticos. En este ecosistema de validación perpetua, ver una serie de televisión exigente o una película que nos obligue a transitar por dilemas morales complejos se asemeja a ir al gimnasio después de meses de sedentarismo: cuesta, incomoda y requiere un esfuerzo consciente.

Cuando Jodie Comer habla de entrenar la empatía como un músculo cotidiano, nos está proponiendo una hoja de ruta para habitar el mundo contemporáneo con mayor lucidez. El verdadero valor de las grandes series de ficción actuales reside precisamente en su capacidad para obligarnos a mirar de frente aquello que preferiríamos ignorar. Ya sea a través de personajes moralmente ambiguos, dramas familiares asfixiantes o futuros distópicos, la televisión de calidad funciona como un simulador de realidades ajenas que ensancha nuestra sensibilidad. Si no somos capaces de sostener la mirada a un personaje roto durante cincuenta minutos en la pantalla, difícilmente podremos sostenerla ante las complejidades de las personas que nos rodean en nuestra vida diaria.

Al final, el recordatorio de la actriz británica trasciende los focos de los estudios de grabación y se instala de lleno en nuestra rutina cotidiana. Desarrollar la capacidad de comprender sin justificar, de escuchar sin esperar el turno de réplica y de aceptar que la complejidad humana no cabe en un titular simplificador es el gran reto de nuestro tiempo. La próxima vez que nos acerquemos a una gran producción televisiva o nos enfrentemos a una conversación difícil con alguien que ve el mundo de otra manera, tal vez debamos recordar que la empatía nunca fue un rasgo innato con el que nacemos, sino una valiosa disciplina que debemos practicar todos los días.