Películas

El extraño método con el que Kubrick puso a prueba al sargento de ‘La chaqueta metálica’ antes de darle el papel de su vida

El sargento instructor Hartman de ‘La chaqueta metálica’ (1987) es uno de los personajes más temidos y citados de la historia del…

R. Lee Ermey (centro), ascendido honoríficamente a sargento de artillería de los Marines (foto oficial USMC, dominio público)

El sargento instructor Hartman de ‘La chaqueta metálica’ (1987) es uno de los personajes más temidos y citados de la historia del cine bélico, y detrás de él no había un actor de formación, sino un exmarine real al que Stanley Kubrick estuvo a punto de no dejar ni siquiera actuar. R. Lee Ermey había sido contratado únicamente como asesor técnico para las escenas de instrucción militar, y Kubrick, siempre extremadamente controlador con cada detalle de sus películas, tardó en confiar en él.

Una audición a base de pelotas de tenis y naranjas

Ermey, que había sido instructor de instrucción real durante dos años en el campo de reclutas de San Diego antes de ser destinado a Vietnam y cumplir dos rotaciones más en Okinawa, no se conformó con quedarse detrás de las cámaras. Reunió a un grupo de marines que hacían de extras y grabó una cinta casera en la que él, con el rostro totalmente inexpresivo, soltaba una ristra de insultos mientras esos mismos extras le lanzaban pelotas de tenis y naranjas a la cabeza sin previo aviso. Kubrick, que en un primer momento había llegado a pensar que Ermey era «demasiado simpático» para el papel, quedó tan impresionado con la cinta que le dio el puesto de sargento Hartman.

Los ensayos no fueron mucho más tranquilos

Conseguir el papel no significó el final de las pelotas de tenis. Una vez contratado, el ayudante de dirección de Kubrick, Leon Vitali, sometía a Ermey a un método de ensayo tan extraño como efectivo: se sentaba frente a él en una sala de más de 15 metros de largo y le lanzaba pelotas de tenis mientras el actor recitaba sus diálogos a toda velocidad. Ermey tenía que atrapar la pelota, devolvérsela a Vitali de inmediato y seguir soltando el texto sin trabarse ni una sola palabra; si se equivocaba, arrastraba una sílaba o bajaba el ritmo, tenía que volver a empezar desde cero. El propio Ermey contó años después, en una entrevista con The New York Times, que debía repetir el ejercicio hasta conseguir veinte repeticiones perfectas seguidas.

La mitad de sus frases más famosas no estaban en el guion

El resultado de aquella exigencia se nota en la propia película: se calcula que alrededor de la mitad de las líneas de Hartman fueron improvisadas por el propio Ermey a partir de su experiencia real como instructor, no escritas de antemano por Kubrick. El director, famoso por controlar hasta la última coma de sus guiones, hizo con él una excepción muy poco habitual en su carrera: dejarle ad-libar libremente sus insultos y arengas, confiando en que la autenticidad de un exmarine real superaría cualquier diálogo imaginado por un guionista.

De asesor técnico al papel que le definió para siempre

Aquella mezcla de instrucción real, disciplina de ensayo casi militar y libertad creativa acabó convirtiendo a Ermey en sinónimo del sargento instructor de cine para varias generaciones de espectadores, y le abrió una carrera de más de tres décadas como actor de reparto habitual en Hollywood. Kubrick, que rara vez cedía el control creativo a nadie en su plató, encontró en aquel exmarine algo que ningún actor profesional podía fingir del todo: la autoridad de quien de verdad había gritado esas mismas órdenes durante años, mucho antes de que ninguna cámara le apuntara.