Filosofía

Erich Fromm, filósofo y psicoanalista: ‘El amor no es un sentimiento que uno pueda adquirir fácilmente, sin importar cuán maduro sea uno’

Una reflexión profunda sobre el arte de amar y la inmadurez afectiva en la sociedad actual de relaciones fugaces.

Erich Fromm, filósofo y psicoanalista: 'El amor no es un sentimiento que uno pueda adquirir fácilmente, sin importar cuán maduro sea uno'

Wikipedia

Vivimos en una época hiperconectada donde las relaciones de pareja y los afectos se gestionan mediante aplicaciones de citas, algoritmos de compatibilidad y la falsa promesa de que el amor es un producto de consumo inmediato que se encuentra con un simple deslizamiento de pantalla. Nos han vendido la idea de que enamorarse es una cuestión de azar, de suerte o de encontrar a la media naranja perfecta que encaje milimétricamente en nuestras exigencias cotidianas. Sin embargo, la realidad emocional de nuestro tiempo contradice frontalmente este optimismo ingenuo y revela una profunda epidemia de soledad y frustración afectiva.

Para comprender por qué nos cuesta tanto mantener vínculos sanos y duraderos en pleno 2026, resulta imprescindible volver la mirada hacia los pensadores que analizaron la psique humana antes de la llegada de la hipertecnología. El psicoanalista y filósofo humanista Erich Fromm dedicó buena parte de su obra a desmontar los mitos románticos contemporáneos. En su clásico ensayo sobre el arte de los afectos, dejó una advertencia que hoy resuena con una vigencia pasmosa:

El amor no es un sentimiento que uno pueda adquirir fácilmente, sin importar cuán maduro sea uno.

Melisa Özdemir

Esta premisa desmonta el espejismo más extendido de nuestra sociedad digital: la creencia errónea de que amar es simplemente sentir, un estado pasivo en el que uno cae de manera fortuita si la otra persona reúne los requisitos estéticos, económicos o sociales adecuados. Fromm argumentaba que el amor es, ante todo, un arte que requiere conocimiento, práctica, esfuerzo y, sobre todo, una profunda madurez interior que la mayoría de las personas no está dispuesta a cultivar. Nos pasamos la vida buscando a la persona adecuada en lugar de esforzarnos por convertirnos nosotros mismos en individuos capaces de amar de verdad.

El impacto de la inmediatez digital en nuestra capacidad de amar

En el ecosistema digital actual, donde el descanso mental escasez y las jornadas laborales interminables absorben nuestra energía vital, el desgaste emocional se traslada inevitablemente a la esfera íntima. Buscamos en la pareja un refugio automático contra el estrés, un analgésico rápido para calmar la angustia de la soledad nocturna sin asumir la responsabilidad que implica cuidar de otro ser humano. Cuando surgen los primeros roces o diferencias inevitables, aplicamos la misma lógica del usar y tirar que domina el mercado: descartamos el vínculo y volvemos a empezar la búsqueda, confundiendo la novedad con la felicidad.

Esta tendencia al consumo afectivo genera una generación de personas emocionalmente agotadas, incapaces de sostener el compromiso a largo plazo porque confunden el enamoramiento inicial —que es un fenómeno químico pasajero— con el amor maduro. Fromm nos recuerda que el amor no es un refugio cómodo, sino una actividad activa, un dar y un crecer juntos que exige superar el narcisismo primario. Mientras sigamos creyendo que el afecto se reduce a un golpe de suerte en una aplicación móvil, seguiremos coleccionando vacíos disfrazados de compañía.

Detenernos a reflexionar sobre estas palabras en nuestra rutina diaria nos obliga a replantearnos cómo nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos. El verdadero reto del siglo XXI no consiste en encontrar más opciones en el escaparate digital, sino en desarrollar la paciencia, la disciplina y la valentía necesarias para construir un vínculo que merezca la pena ser vivido y conservado.