‘Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú?’ (‘Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb’, 1964) termina con una de las imágenes más citadas del cine de posguerra: un montaje de explosiones nucleares reales, encadenadas una tras otra, mientras suena la nostálgica ‘We’ll Meet Again’ de Vera Lynn. Es un cierre helado, perfecto, y también es un final de emergencia. Stanley Kubrick rodó un desenlace completamente distinto, lo proyectó, y lo eliminó antes del estreno. Lo que iba a cerrar la película no eran misiles: era una guerra de tartas de nata dentro de la Sala de Guerra del Pentágono.
La batalla de pasteles que debía cerrar la película
La escena original, rodada por completo, arrancaba con el embajador soviético de Sadeski (Peter Bull), amenazado con un cacheo por llevar una cámara escondida, lanzando una tarta de crema al general estadounidense Buck Turgidson (George C. Scott). La tarta falla el objetivo y golpea de lleno al presidente de EE.UU. (Peter Sellers, en una de sus tres interpretaciones en la película). A partir de ahí, el caos se apodera de la sala: generales y almirantes trepan a las mesas, se cuelgan de las lámparas, y la mesa redonda de reuniones se convierte, según describe el crítico James Naremore en su libro ‘On Kubrick’, en un auténtico cuadrilátero cubierto de nata. El propio doctor Strangelove acaba disparando una pistola al aire para poner orden: «¡Tenemos que parar este juego de niños! ¡Hay trabajo que hacer!». El resto de personajes termina sentado en el suelo, jugando con la crema como si construyeran castillos de arena.
Dentro de esa secuencia había una frase que, vista con perspectiva, resulta especialmente incómoda. Al ver al presidente manchado de tarta, Turgidson exclamaba: «¡Caballeros, nuestro querido presidente ha sido infame y cruelmente abatido por un pastel en la flor de la vida! ¿Vamos a permitir que eso quede así? ¡Represalia masiva!».
Dos versiones distintas de por qué se cortó
Aquí es donde la historia deja de tener una sola respuesta. En una entrevista de 1969, Kubrick explicó que decidió retirar la secuencia porque «era una farsa que no encajaba con el tono satírico del resto de la película». El propio guionista de la escena, Terry Southern, escribió más tarde un artículo titulado ‘Notes from The War Room’ en el que reconocía que el tono había salido mal: el ambiente que quedó grabado, con sesenta generales y almirantes lanzándose pasteles entre risas, resultaba más una fiesta que el colapso civilizatorio que se suponía que estaban retratando.
El montador de la película, Anthony Harvey, ofreció una versión distinta en un extra del 40º aniversario en DVD: según él, el verdadero motivo fue que el estudio, Columbia Pictures, temió que la escena resultara ofensiva y decidió retirarla por presión externa, no por una decisión puramente artística de Kubrick. El resto del equipo que ha hablado del tema a lo largo de los años sostiene la versión de Kubrick. Sesenta años después, nadie ha resuelto del todo la contradicción.
La coincidencia con Dallas que lo complica todo
Lo que hace difícil separar ambas versiones es una coincidencia real y verificable: la película tenía programado un pase de prueba para el 22 de noviembre de 1963, el mismo día en que John F. Kennedy fue asesinado en Dallas. El estreno, previsto para finales de 1963, se retrasó hasta enero de 1964 porque nadie en el estudio creía que el público estuviera de humor para una sátira tan negra justo después del magnicidio. En la fase de posproducción se cambió además una línea de diálogo del piloto interpretado por Slim Pickens, que originalmente bromeaba con pasar «un buen fin de semana en Dallas»; el doblaje final sustituyó la ciudad por Las Vegas para evitar cualquier asociación incómoda.
La frase de Turgidson sobre el presidente «abatido en la flor de la vida», pronunciada justo después de ver a su líder herido, se volvió sencillamente imposible de mantener en pantalla en ese contexto, la explicara quien la explicara. Harvey ha insistido en que fue directamente el motivo del corte; el resto sostiene que la decisión, puramente estética, ya estaba tomada antes de esa fecha, y que la coincidencia del calendario simplemente reforzó una elección que Kubrick ya había hecho.
Lo que queda hoy de aquella escena
La secuencia no es una leyenda urbana sin base: existen fotografías fijas de rodaje —algunas de las cuales circulan hoy gracias al British Film Institute— y el metraje real, aunque dado por perdido durante años, llegó a proyectarse públicamente una sola vez, en 1999, en el National Film Theatre de Londres. Desde entonces no ha vuelto a mostrarse de forma oficial ni se ha incluido en ninguna edición en vídeo o Blu-ray de la película, así que la inmensa mayoría de quienes hoy ven ‘Teléfono rojo’ solo conocen el final de las bombas nucleares, sin saber que Kubrick llegó a rodar, montar y proyectar un desenlace completamente distinto antes de enterrarlo para siempre.
