Jubilado, pero nunca «pasivo»
Hay una palabra que aparece desde el comienzo de Mi viaje resiliente +60 y que prácticamente organiza todo el libro: «pasivo». Así se denomina administrativamente a quien se jubila, pero Alejandro Borges decide tomárselo como una provocación personal. Para él, pasar a ser jubilado después de un infarto no significa sentarse a contemplar cómo se reduce el mundo.
Esa idea podría haber producido un libro lleno de frases motivacionales. Por suerte, Borges decide contar hechos. El mensaje sale de lo que hace y, sobre todo, de las veces que las cosas se le complican. Aprende sistemas digitales que desconoce, intenta publicar y vender sus libros, vuelve a enfrentarse al deporte, pide apoyo, soporta rechazos y prueba estrategias que a veces tienen algo de insensatez.
Como lector de cierta edad, agradecí especialmente que no nos trate como si cumplir sesenta nos convirtiera automáticamente en personas sabias y serenas. El autor se enfada, mete la pata, siente vergüenza, tiene miedo, se obsesiona y se entusiasma como cualquiera.
Volver al deporte después de un infarto
El relato sobre la vuelta al ejercicio me parece de los más logrados. Borges había tenido una relación larga con el deporte y después del infarto debe enfrentarse a algo que conoce perfectamente pero que de pronto se ha vuelto amenazante. El miedo ya no está en una actividad desconocida, sino en su propio corazón. Esa batalla mental está contada con mucha naturalidad.
También resulta valiosa su reflexión sobre la jubilación. No porque ofrezca una teoría especialmente novedosa, sino porque la aborda desde la experiencia de alguien que ha perdido de golpe la identidad profesional. Su cardióloga le plantea un cambio radical y él debe averiguar qué hacer con ese tiempo que la sociedad presenta como descanso.
La respuesta acaba siendo una combinación de escritura, deporte y familia.
Me gustaron mucho las escenas relacionadas con otras personas. Un abuelo que le manda una valoración manuscrita de su libro, una madre que lucha por su hijo, amigos que compran ejemplares anticipadamente o una desconocida que le escribe después de recibir un libro en la playa. Esos momentos equilibran una narración muy centrada en el «yo» y explican mejor que cualquier discurso qué significa para Borges seguir siendo útil.
Tecnología, autopublicación y los límites del relato
También hay bastante tecnología, quizá más de la que esperaba. Páginas web, inteligencia artificial, plataformas, algoritmos y problemas de autopublicación forman parte importante de su nueva vida. Algunos episodios pueden resultar demasiado detallados para quien busque exclusivamente una historia de salud, pero tienen sentido dentro de la propuesta: demostrar que aprender no tiene una fecha de vencimiento.
No todo me convenció. Borges tiene tendencia a rematar sus propias anécdotas explicando la conclusión, cuando en bastantes ocasiones el lector ya la ha entendido. Sin embargo, prefiero una autobiografía con una voz demasiado presente que una completamente esterilizada.
Hay otra cosa que considero importante: el libro no presenta el infarto como una bendición. Fue un golpe que lo enfrentó a la fragilidad, y la documentación médica añadida al final recuerda la gravedad del episodio. El «renacimiento» viene después, construido mediante decisiones concretas.
El resultado es un testimonio especialmente adecuado para lectores que estén atravesando una jubilación, una enfermedad o cualquier cambio que obligue a reconstruir rutinas e identidad.
Mi viaje resiliente +60 no dice que la edad no importe. Dice algo bastante más creíble: importa, impone límites y cambia las reglas, pero no decide por sí sola qué hacemos con el tiempo que nos queda.
