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Instrucciones básicas sobre comer palomitas (u otros alimentos) en el cine

Hay un tema espinoso que, aunque aún no demasiado tratado, puede ser capaz de crear una guerra civil en la sociedad cinéfila. La nueva caja de Pandora social tras el debate en torno a la cebolla en la tortilla. Y este es el asunto de comer palomitas en el cine o no. Con sus múltiples excepciones, peros y salvedades incluidos.

 

Comer palomitas o no, esa es la cuestión

Hay varios niveles en torno al enfrentamiento. El primero de ellos, es el más radical: ¿es bien o es mal comer palomitas en el cine? Por un lado, gente que no concibe una tarde o una velada frente a la gran pantalla sin mascar ese salado maíz, por otro, justo lo contrario, seres que no entienden esa actividad de buitres carroñeros incapaz de estar dos horas sin engullir.

Mi punto de vista, a pesar de que en líneas generales (expondré excepciones más adelantes) no como ni compro palomitas en un cine, es el respeto por aquel que las come. Me parece bien que se asocie el hecho de comer palomitas siempre y cuando no se haga el mismo ruido que una vaca rumiando.

He de decir que, pesar de que no me guste comerlas, adoro el olor a aceite y maíz chamuscado. Tanto que de hecho no concibo un cine que no huela así, pero probablemente esto se deba a recuerdos y taras infantiles que no vienen al caso. También cabe apuntar que los márgenes que dejan los alimentos son prácticamente en todos los casos mediante lo cual puede sobrevivir una sala.

Otras digresiones en torno al maíz (u otros alimentos)

¿Importa la película, la sala o la compañía?

Para mí, rotundamente sí, en los tres casos. Considero que la película que vayas a ver, la sala o la compañía puede ser juez a la hora de sentirse más a gusto comiendo palomitas en un cine. ¿Comerlas viendo una de superhéroes? Sí, pega, encaja, todo cuadra. ¿Viendo un drama clásico como Cold war? Pues no. Algo similar ocurre en el caso de la sala o la compañía. Parece ser más lógico comerlas en un cine de un centro comercial que en uno clásico en un centro de la ciudad. De igual modo también lo parece cuando vas acompañado de un niño, cuando roza lo inhumano no comprarle si le llevas al cine.

Otros alimentos

Hemos podido comprobar, de un tiempo a esta parte y con un ritmo implacable, la adhesión de franquicias alimenticias a los grupos empresariales líderes. Cuestión que ha podido derivar, ya no en encontrarse unas inocentes palomitas, chocolatinas y chucherías bajo el brillos de las pantallas; sino pizzas, hamburguesas, pollos asados o roscones de reyes posados sobre las piernas. Y esto, queridos amigos, sí que es poco práctico, hortera y molesto para el resto. ¿En serio alguien ve cómodo y apetecible jincarse una pizza chorreante de aceite entre pecho y espalda, a oscuras, mientras trata de estar atento a una película? Por aquí no paso, no rotundo.

 

Tráfico de alimentos

Llegamos a un punto peliagudo y que en muchos casos va de la mano con comer en el cine: meter comida ajena al establecimiento de una forma más o menos clandestina. Y ya sin querer recurrir a complicadas cuestiones legales, debemos pensar en lo que es esto realmente. ¿Acaso alguien ve normal meterse en un restaurante y llevar tu propio vino de casa? ¿Pedirías un café y echarías la leche de tu bolso? ¿Irías a un Starbucks y sacarías tus campurrianas del bolsillo de la chaqueta? Pues con el cine igual.

¿Que es cara la comida? Pues sí. Pero antes que llevarte unos ganchitos de contrabando, aguanta un par de horas sin comer, que seguro que puedes. Vale que con catorce años puedes llevar algo guardado, es hasta lógico, pero ya crecidito…

 

Al fin y al cabo, y como resumen, que cada uno disfrute del cine como quiera, que para eso está. Eso sí, siempre que no moleste al resto