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Crítica de «Érase una vez… en Hollywood»

La cinta más reciente de Quentin Tarantino es la mejor de todas hasta la fecha. Yo pediría a cada espectador que cuando fuera estrenada en el cine una nueva obra del Tío Quentin, se olvidaran de todas las anteriores. A mi modo de ver es la única manera de ser consciente del valor que cada película de este influyente director tiene por sí misma. La magia de Reservoir Dogs o de Pulp Fiction no puede ser extrapolada a Malditos bastardos o a Django desencadenado, por ejemplo.

Cada una tiene su momento, su alma única e irrepetible. A Tarantino siempre le han acompañado o bien actores muy virtuosos y muy olvidados, como al principio, o grandes actores a los cuales el público deseaba exacerbadamente ver en una película del Tío Quentin (no me cansaré de llamarle así).

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Y no es sólo lo increíblemente característico que es su cine y ese don para fidelizar a un público gamberro intergeneracional como ningún otro director ha hecho, (tan sólo el Tío Scorsese, creo yo) lo que ha convertido a Quentin en un director de renombre, también en buena medida han tenido culpa de ese éxito sus actores y actrices.

Todo esto que comento es primordial. Porque esta, su novena y penúltima película, es una oda a la profesión de los actores y actrices y también al propio cine en una época bien llamada Segunda Etapa de Oro de Hollywood. Es una película en la que cada diálogo, cada escena y cada acto tienen un porqué más que claro y evidente. Nunca se ha hecho una película con tanto mimo. Con tanta madurez, sí he dicho madurez mientras hablo de Tarantino, pues en esta ocasión analiza de forma increíblemente humana y minuciosa cual es la historia detrás de aquellos que aparecen en la gran pantalla para contarnos otra muy distinta.

Tarantino Mejor película

Esos momentos de fragilidad, momentos de sufrimiento y estoicisimo, reuniones a solas con uno mismo envueltas en nerviosismo y pavor al fracaso. Ese personaje que representa todo lo que debería ser un amigo y un personaje secundario, sí… Hablamos de Cliff Booth. Por dicha actuación Brad Pitt recibió su primer Óscar como actor.

Es como si durante en las anteriores ocho películas Tarantino hubiera querido, en cierto modo, hacer «flipar en 4K» a sus amigos una tarde de viernes mientras veían sus películas en primicia junto a él. Es como si nosotros fuéramos esos amigos suyos.

Y es como si él en esta película nos dijera «¡Eh! ¡Eh! Ahora toca relajarse un poco. Sé que sois lo suficientemente inteligentes como para admitir este estudio cinematográfico acerca del proceso psicológico que sufren los actores en su carrera y sobre como lo afrontan». Bueno, más o menos.

Esta es ese tipo de película que hace trascender a cualquier director de sus propias características tan sumamente repetidas que casi parecen convertirse en condicionantes inherentes y sobretodo, inevitables a su persona. Pues no, señor… Tarantino ha dado un buen zasca a más de uno. Porque la película no es aburrida. Tan sólo hay que mitigar nuestra sed de sangre y acomodarse en el sillón y disfrutar de una irrepetibe e inconmesurable historia de sangre, sudor y gloria.

Brad Pitt DiCaprio

Tarantino en la película juega a su antojo con los planos imposibles, con los movimientos de cámara típicos de una producción importante, los cuales nos transportan dentro de una historia ficticia dentro de otra historia ficticia, que es la propia película, pero que supone abrir la puerta del espectador a la realidad. Fascinan esas escenas en las que estamos junto a DiCaprio mientras su personaje se gana el pan actuando. Le vemos trabajar de verdad. ¿Cuántas películas consiguen eso, señoría?

Hay multitud de planos atípicos que dan riqueza y variedad visual a la película. Coches en diagonales, sientan muy bien a la vista. Todos los colores están potenciados, producto de esa melancolía acerca de esta época de éxito cinematográfico en cantidades titánicas. Así como ese tono dorado que baña a la dorada Los Angeles de 1969 por parte del colosal director de fotografía Robert Richardson, ganador de tres Óscars y que suele trabajar con Scorsese, Tarantino, Oliver Stone…

Nunca podré olvidar esa escena en la que los tres asesinos maníacos adoradores de Charles Manson caminan hacia la casa de Sharon Tate. Como en una de las pocas escenas de noche, Richardson no nos deja ver los rostros de los asesinos, son las sombras de su decadencia moral, pero como si nos deja apenas ver la silueta de sus cuerpos y de sus melenas. Apenas vemos un peligro sanguinolento inminente. De libro, Richardson. La música, elegida magistralmente para pintar escenas magistrales en el lienzo de la película. Cosa que consigue.

Brad Pitt DiCaprio

Empaque total. Así definiría la parte visual y sonora de la película. Guion nada despreciable. Algunos se preguntaran por qué aparece tanto Sharon Tate en esta película.

Algunos dicen que sus escenas no dicen nada, que no tienen sentido. Hay que explicar que no mucha gente hoy día sabe quien es Sharon Tate, tan sólo que era la esposa de Roman Polański que murió brutalmente asesinada. Pero Tarantino rodó todas las escenas de Sharon con el fin de conseguir que ella dejara de ser una anécdota para convertirla en todo un ser humano. Gracias a eso el espectador puede empatizar, comprender y apreciar lo que supuso su muerte.

Nada como mostrar los aspectos concretos de la vida de una víctima, sus deseos, sus errores, sus aciertos, sus luchas incesantes por sacar adelante esos proyectos por los que tan duramente pelea… Sus satisfacciones una vez conseguidos. Eso, le pese a quien le pese, nos lo ha enseñado el Tío Quentin. Que en esta película ha dado una excelente lección de saber hacer y de saber entender.

Recalco que todos los personajes cambian o parte de sus circunstancias vitales cambian o cambiarán en buena medida. Quiero recalcar la escena más poderosa de la película. Cuando al final a Leonardo DiCaprio se le abren las puertas de la casa de Roman Polański. Y él sorprendido….Camina hacia ella. Invito a reflexionar sobre el significado sentimental oculto de la escena y de la historia de Rick.

Espero que la escena sea recordada, al igual que la película, como una obra que supura maestría.