«The art of storytelling is reaching its end because the epic side of truth, wisdom, is dying out». Es una cita de El narrador, ensayo de Walter Benjamin publicado originalmente en 1936 y traducido al inglés en Illuminations. Su preocupación no era que los seres humanos fueran a dejar literalmente de contar historias, sino qué tipo de experiencia podía transmitirse mediante ellas en la modernidad.
Los Fabelman, de Steven Spielberg, coloca una cámara justo en mitad de ese problema. La película sigue a Sammy Fabelman, un joven que descubre su fascinación por el cine después de ver El mayor espectáculo del mundo. Empieza recreando con juguetes y una cámara un accidente ferroviario que lo ha impresionado y continúa realizando películas domésticas cada vez más complejas.
Poco a poco descubre algo más incómodo: la cámara no sirve únicamente para fabricar ficción, también puede revelar una realidad que preferiríamos no haber visto. Cuando Sammy examina imágenes familiares descubre un secreto que afecta profundamente a sus padres. El montaje deja de ser solamente un juego.
Por qué contar una historia significa mucho más que registrar hechos
La preocupación de Benjamin por la narración gira alrededor de la experiencia que puede transmitirse de una persona a otra. El narrador no se limita a entregar sucesos. Lo narrado conserva una capacidad de orientación que una mera acumulación de información no garantiza. De hecho, otra formulación documentada de Benjamin afirma que «in every case the storyteller is a man who has counsel for his readers».
Sammy comienza fascinado por la dimensión técnica de las imágenes. Quiere reproducir un choque ferroviario, construir escenas, organizar secuencias y aprender a manipular aquello que percibe el espectador. Pero Los Fabelman introduce progresivamente una complicación: cuanto mejor aprende a mirar mediante la cámara, menos protegido está frente a aquello que la propia cámara puede mostrarle.
La filmación familiar resulta decisiva. Las imágenes aisladas pueden parecer inocentes. El montaje, sin embargo, establece relaciones entre miradas, gestos y personas. Sammy empieza a entender algo que antes permanecía escondido a plena vista. La técnica que le permite crear historias también le permite leer la realidad.
Ahí aparece uno de los dilemas esenciales de cualquier narrador. Contar puede iluminar. También puede herir. Una historia puede ayudar a comprender una experiencia o utilizar esa experiencia. La capacidad técnica para producir una imagen no garantiza la sabiduría necesaria para decidir qué hacer después con ella.
Qué responsabilidad adquiere quien decide dónde colocar la cámara
Los Fabelman no presenta el talento artístico como un poder inocente. Sammy descubre que una cámara modifica la relación entre quien mira, aquello que filma y quienes después reciben las imágenes. El montaje concede al cineasta una capacidad extraordinaria: puede seleccionar el instante, el gesto y el encuadre que terminarán definiendo a otra persona.
Benjamin comprendía la narración como algo relacionado con la transmisión de experiencia y consejo. El narrador no era simplemente quien suministraba información conseguida unos minutos antes. Lo contado podía sedimentarse, viajar y adquirir significado en la experiencia posterior de quien lo escuchaba.
Ese conflicto resulta particularmente contemporáneo. Cualquier teléfono permite grabar, editar y publicar. La distancia entre vivir un acontecimiento y transformarlo en contenido puede reducirse a segundos. La tecnología responde perfectamente a una pregunta: cómo grabarlo. No puede responder por nosotros a otra mucho más difícil: si deberíamos hacerlo.
Los Fabelman cuenta el nacimiento de una vocación artística, pero su problema más profundo aparece cuando ver mejor obliga también a decidir mejor. Una cámara puede enseñarnos algo verdadero. Nuestra responsabilidad empieza cuando tenemos que decidir qué hacemos después con esa verdad. Si una imagen pudiera revelarte algo capaz de destruir la tranquilidad de alguien a quien quieres, ¿preferirías mirar o seguir sin saber?
