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Mary Shelley hizo de Frankenstein una historia de abandono, no solo de monstruos

Publicada en 1818, Frankenstein sitúa su conflicto más incómodo después del experimento: cuando el creador descubre que dar vida también significa hacerse responsable de ella.

Frontispicio de Frankenstein, edición de 1831

Mary Shelley convirtió Frankenstein en una tragedia sobre la responsabilidad que empieza cuando termina una hazaña. Victor consigue crear un ser vivo, pero huye al contemplarlo: el verdadero desastre no consiste únicamente en cruzar una frontera científica, sino en abandonar a quien acaba de cruzarla con él. Esa diferencia cambia la lectura de una novela que sigue funcionando mucho más allá del laboratorio y de su iconografía de terror. El descubrimiento ocupa el centro del espectáculo; sus consecuencias, en cambio, ocupan el centro del libro.

Por qué la huida de Victor importa tanto como su experimento

La huida de Victor importa porque transforma una creación extraordinaria en una relación rota desde el principio. En Frankenstein, el abandono no es un detalle posterior al nacimiento, sino el acto que organiza el conflicto entre el científico y la criatura. Victor desea el resultado de su investigación mientras todavía puede imaginarlo; cuando ese resultado respira y exige una respuesta, la fascinación se convierte en rechazo. La ambición acepta la idea de crear, pero no el trabajo de acompañar lo creado.

La criatura de Frankenstein tampoco se limita a ocupar el lugar de una amenaza muda. Shelley le concede una historia que contar y una necesidad de ser escuchada, de modo que el lector debe enfrentarse a algo más difícil que identificar al monstruo por su apariencia. La narración de su aprendizaje, su soledad y sus encuentros con los seres humanos introduce una distancia decisiva entre lo que otros ven y lo que ese personaje experimenta. El miedo deja de ser una reacción suficiente para comprenderlo.

Leer Frankenstein desde esa distancia no obliga a absolver la violencia de la criatura. La fuerza de la novela está precisamente en sostener dos responsabilidades que no se cancelan: el daño que alguien recibe y el daño que después decide causar. Shelley no necesita convertir a uno de sus personajes en inocente absoluto para volver insuficiente la versión del otro. El lector puede reconocer el abandono sin justificar la venganza, y puede condenar la venganza sin borrar el abandono que la precede.

Qué cambia al volver al libro antes de Halloween

Volver a Frankenstein antes de Halloween permite recuperar una conversación que la imagen del monstruo puede dejar en segundo plano. La criatura tiene una voz propia, y escucharla modifica el reparto de simpatías que parecía evidente al comienzo. El libro no ofrece solamente una figura para mirar con temor, sino un relato que obliga a revisar el primer juicio. La experiencia de lectura consiste, en buena medida, en descubrir cuánto habíamos decidido antes de conocer a quien teníamos delante.

El origen de Frankenstein también ayuda a entender su potencia narrativa. La historia empezó a tomar forma durante el verano de 1816, cerca de Ginebra, en un ambiente de lecturas y relatos de fantasmas; la primera edición apareció en 1818. De aquel impulso surgió una novela cuyo miedo más persistente no depende de que el lector crea posible el experimento. Basta con reconocer la conducta de alguien que persigue una meta con entusiasmo y después se desentiende de las personas afectadas por haberla alcanzado.

La actualidad de Frankenstein puede leerse en esa separación entre producir y cuidar. Crear algo no equivale a saber convivir con sus consecuencias: una idea aplicable a proyectos, instituciones o tecnologías sin necesidad de convertir la novela en una predicción de nuestro presente. Shelley construye un conflicto literario, no un manual de respuestas. Su precisión está en mostrar que una capacidad extraordinaria puede coexistir con una incapacidad elemental para reconocer la vulnerabilidad ajena y responder ante ella.

La pregunta que deja Frankenstein no se agota en quién merece el nombre de monstruo. El libro también permite preguntarse por el instante en que una obligación se convierte en una carga que alguien decide abandonar, y por el precio que otros pagan por esa decisión. ¿Qué te inquieta más al leer la novela: la ambición de Victor o su negativa a hacerse cargo de la criatura?

Elena Vidal

Elena es la firma de PlotTwist para las recomendaciones y el contenido pensado para conectar, no solo para informar.

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