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Cuando el caos controlado de ‘Contacto en Francia’ reescribió las reglas del cine de acción

La persecución de 'Contacto en Francia' sigue siendo un hito del cine de acción porque gran parte de ella se grabó con tráfico real y sin los permisos necesarios de la ciudad.

Cuando el caos controlado de 'Contacto en Francia' reescribió las reglas del cine de acción

20th Century Fox

El cine de acción contemporáneo confía en los efectos digitales para simular el peligro extremo en las grandes ciudades, pero hubo una época en la que el riesgo en la pantalla era rigurosamente físico. La película ‘Contacto en Francia’, dirigida por William Friedkin en 1971, estableció un antes y un después gracias a una secuencia de persecución automovilística que desafió todas las normas de seguridad. Protagonizada por Gene Hackman en la piel del implacable detective Jimmy Popeye Doyle, la obra trasladaba al espectador a las calles neoyorquinas con un realismo visceral que todavía hoy impresiona. Lejos de ser un ejercicio de estilo puramente estricto, aquel rodaje se tambaleó constantemente entre la genialidad artística y la irresponsabilidad temeraria en plena vía pública.

La inspiración real y la llegada de Friedkin al proyecto

Para entender la crudeza de la película resulta imprescindible mirar hacia su origen literario y humano, basado libremente en el libro de no ficción del periodista Robin Moore. La obra original documentaba las operaciones reales de los agentes antidroga de la policía de Nueva York Eddie Egan y Sonny Grosso, dos figuras clave que colaboraron estrechamente en la producción e incluso tuvieron pequeños cameos interpretativos en el largometraje. William Friedkin supo capturar esa atmósfera sucia, urgente y documental que impregnaba el día a día policial de la época, alejándose de los convencionalismos estéticos de Hollywood. El fichaje de Gene Hackman consolidó el tono áspero de un relato donde los héroes eran tan cuestionables y ásperos como los propios criminales que intentaban cazar en las aceras.

Un rodaje al margen de la legalidad municipal de Nueva York

El aspecto más fascinante y peliagudo de la famosa secuencia del coche radica en los métodos poco ortodoxos que empleó el equipo para capturar el movimiento caótico de la ciudad. El propio William Friedkin ha reconocido en numerosas declaraciones públicas que la mayor parte de aquella persecución se rodó sin los permisos municipales adecuados para cortar el tráfico rodado. Las declaraciones del cineasta han variado ligeramente con los años sobre el alcance exacto de esta falta de autorización oficial, oscilando entre afirmar que no disponían de papeles para nada hasta matizar que únicamente contaban con luz verde bajo las estructuras metálicas del tren elevado. Para sortear los obstáculos burocráticos y lograr rodar en los tramos más complejos de Brooklyn, la producción desembolsó 40.000 dólares a un responsable del departamento de tránsito local sin que consten nombres oficiales precisos en los archivos. Agentes de policía fuera de servicio colaboraron en la regulación improvisada del entorno, pero en muchos tramos críticos los vehículos avanzaban a toda velocidad entre ciudadanos y automóviles totalmente ajenos al rodaje.

20th Century Fox

El especialista Bill Hickman al volante y el accidente improvisado

Dentro del habitáculo del Pontiac LeMans marrón que protagoniza la carrera desesperada contra el metro elevado, la tensión era tan real como la que percibía el espectador en la sala de cine. El experimentado especialista Bill Hickman asumió el control del volante durante la mayor parte de la secuencia, mientras el director William Friedkin se situaba incómodamente en el asiento trasero sujetando una cámara para encuadrar por encima de su hombro. En medio de esa conducción kamikaze ocurrió un suceso totalmente imprevisto que terminó formando parte indeleble del montaje definitivo de la obra. En el cruce de Stillwell Avenue con la calle 86, el bólido conducido por el equipo de rodaje colisionó de forma violenta contra el coche de un ciudadano anónimo que circulaba por allí sin saber nada de la filmación. El impacto no estaba contemplado en el guion original, pero los responsables decidieron conservar las imágenes por su indudable fuerza realista, encargándose posteriormente de pagar íntegramente la reparación del vehículo afectado al conductor.

El misterio no resuelto sobre la velocidad real y el truco de la cámara

Alrededor de la secuencia más célebre del filme se tejió una leyenda sobre los límites de la física que los historiadores del medio todavía discuten con argumentos encontrados. William Friedkin afirmó reiteradamente que el equipo llegó a recorrer 26 manzanas a 144 km/h entre el tráfico denso de la ciudad y con viandantes cruzando las calles sin ninguna clase de protección. Sin embargo, el director de fotografía Owen Roizman cuestionó públicamente esa cifra tan alarmante, sugiriendo que la cámara se hizo rodar a una velocidad de fotogramas reducida para inflar artificialmente la sensación de velocidad en la pantalla. Un análisis posterior de las localizaciones y del trazado realizado por expertos sitúa la velocidad real de los vehículos en una horquilla más terrenal pero igualmente peligrosa de entre 110 y 130 km/h. El propio director admitió años después que tuvieron una fortuna descomunal para que nadie resultara gravemente herido, sentenciando que se trataba de una práctica tan extrema que jamás volvería a repetirla en los tiempos actuales.

Ana Ferrer

Ana es la firma de PlotTwist para la crítica cultural: reseñas de libros y críticas de cine de autor, siempre con un ojo puesto en lo que la obra dice del momento que vivimos.

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