Hay preguntas de cine que se resuelven con un making of o una entrevista de prensa. Y luego está la de si Rick Deckard, el cazarrecompensas que interpreta Harrison Ford en Blade Runner (1982), es o no un replicante. Cuatro décadas después del estreno, ni el director ni el actor se ponen de acuerdo, y las pocas veces que han coincidido en la misma sala para hablar de ello, según quien lo ha presenciado, la conversación ha terminado subiendo de tono.
La pista que Ridley Scott siempre señala está en una escena muy concreta: el sueño de Deckard con un unicornio corriendo por un bosque, una imagen que no tiene ninguna relación evidente con la trama de detectives y androides fugitivos que ocupa el resto de la película. Al final del montaje del director, el personaje de Gaff (Edward James Olmos) deja una figura de origami con forma de unicornio en la puerta de Deckard. Si Gaff conoce un sueño tan privado de Deckard, la explicación más directa es que ese sueño no es un recuerdo propio, sino un implante, como los que llevan los replicantes de la película para sentirse más humanos.
Dos versiones del mismo personaje
Scott lo ha repetido en distintas entrevistas a lo largo de los años: para él, Deckard es, sin ninguna duda, un replicante. Harrison Ford ha defendido justo lo contrario durante la mayor parte de su carrera. En una entrevista de 2006 explicó que ese fue precisamente el punto de fricción con Scott durante el rodaje: Ford pensaba que el público necesitaba a un ser humano reconocible en el centro de la historia, alguien con quien identificarse, no un androide que no sabe que lo es.
El desacuerdo no se quedó en 1982. Denis Villeneuve, que dirigió la secuela Blade Runner 2049 (2017) con ambos actores implicados en la promoción, contó que Scott y Ford seguían discutiéndolo entre bambalinas más de tres décadas después: si se les metía en la misma sala, según Villeneuve, no se ponían de acuerdo y acababan hablando muy alto.
La última palabra, con matices
En mayo de 2023, Ford introdujo un giro en la historia. En una entrevista con la revista Esquire reconoció: «Siempre supe que era un replicante. Solo quería llevarle la contraria. Creo que un replicante querría creer que es humano. Al menos, este lo hizo». Es la confirmación más clara que ha dado nunca de que, en el fondo, jugó el papel sabiendo lo que Scott pretendía, aunque interpretándolo puertas afuera como si Deckard no tuviera ni idea de su propia naturaleza.
Pero esa frase no cierra del todo el debate, y ese es justamente el motivo por el que la anécdota sigue funcionando 44 años después de que se estrenara la película: Ford habla de lo que él, como actor, sabía en su fuero interno mientras rodaba, no necesariamente de cómo hay que leer al personaje en pantalla. Scott sigue defendiendo una lectura inequívoca; Ford, incluso después de aquella confesión, sigue prefiriendo dejar la puerta entreabierta. El propio origami de Gaff, que en el montaje original de 1982 ni siquiera existía —Scott lo añadió en el montaje del director de 1992 precisamente para inclinar la balanza—, sigue siendo el objeto de discusión número uno entre quienes han visto la película decenas de veces.
Que dos de las personas que más saben sobre esta historia —quien la dirigió y quien la protagonizó— sigan sin coincidir dice algo sobre por qué Blade Runner sigue viva en las conversaciones de cine: no hay una respuesta oficial que buscar en ninguna parte, solo dos versiones igual de válidas de la misma película.
