Películas

La comedia que en 1977 solo pudo con todo menos con la guerra de las galaxias

La influencia del cine en el mundo real suele medirse en tendencias efímeras, pero rara vez un estreno cinematográfico provoca un terremoto…

Pontiac Trans Am negro y dorado como el de 'Los caraduras' (1977), con el icónico 'screaming chicken' en el capó (Wikimedia Commons, CC BY 2.0)

La influencia del cine en el mundo real suele medirse en tendencias efímeras, pero rara vez un estreno cinematográfico provoca un terremoto industrial tan directo en las fábricas de automóviles. En 1977, una producción sobre contrabandistas de cerveza logró lo impensable en las salas de cine norteamericanas. Aquel impacto trasciende la propia pantalla y explica cómo la cultura popular manufactura deseos de consumo masivo.

El fenómeno de taquilla de 1977

La película ‘Los caraduras’ (‘Smokey and the Bandit’ en su título original), dirigida por Hal Needham, se convirtió en un éxito colosal que sorprendió a la propia industria del entretenimiento. Protagonizada por Burt Reynolds en el papel de Bo ‘Bandit’ Darville, la cinta contó además con las interpretaciones de Sally Field, Jerry Reed y Jackie Gleason. Recaudó tanto dinero que se alzó como la segunda película más taquillera de 1977 en Estados Unidos, quedando únicamente por detrás del fenómeno galáctico dirigido por George Lucas. Ese triunfo comercial masivo colocó a la comedia de acción en el centro de la conversación cultural de la época, demostrando que el público buscaba entretenimiento terrenal y gamberro.

El Pontiac Trans Am como icono de la gran pantalla

Gran parte de la culpa de ese éxito la tuvo el vehículo que conducía el protagonista: un Pontiac Trans Am negro y dorado de los años 1977 y 1978. El modelo lucía en el capó el famoso águila o gallo estilizado conocido como ‘screaming chicken’, un diseño que caló hondo en la estética automovilística de aquellos años. El coche funcionó como un personaje más dentro de la trama, eclipsando en ocasiones a los propios actores humanos. La simbiosis entre el carisma de Burt Reynolds y la agresiva silueta del deportivo configuró una imagen imborrable en el imaginario colectivo de varias generaciones de espectadores.

Unas ventas disparadas y un regalo de vida

El impacto comercial del filme se tradujo de inmediato en colas en los concesionarios de la marca. Según el propio Burt Reynolds, las ventas reales del Pontiac Trans Am y del Firebird se dispararon un setenta por ciento tras el estreno en los cines. Otras fuentes especializadas calculan que unos veinticinco mil compradores adicionales se hicieron con un Firebird durante el año siguiente al lanzamiento. Tan agradecida quedó la compañía de automóviles con esta campaña publicitaria involuntaria que el entonces presidente de Pontiac telefoneó personalmente al actor para prometerle un coche nuevo cada año de por vida. El intérprete recibió efectivamente varios vehículos, regalando el primero a su hermana, el segundo a su hermanastro y quedándose al menos con uno para su uso personal.

Burt Reynolds, retrato de 1970 / Wikimedia Commons, dominio público

El día en que el trato se rompió por rencillas cinéfilas

La generosa tradición automovilística terminó de forma abrupta cuando un día el deportivo dejó de llegar al domicilio del actor. Burt Reynolds decidió telefonear a la marca para comprobar si existía algún error de envío o si el vehículo había sido robado en el trayecto. Al otro lado de la línea descubrió que un nuevo directivo ocupaba la presidencia de la división y que el pacto verbal había quedado anulado sin previo aviso. La respuesta que recibió resume las dinámicas caprichosas de los despachos corporativos frente al talento cinematográfico. El directivo le espetó una frase literal que el intérprete grabó para la posteridad: «Ese era el antiguo presidente. A él le gustaban tus películas. Yo soy el nuevo. A mí no me gustan tus películas».