La historia del cine está llena de criaturas fantásticas, pero pocas alcanzan el nivel de conexión emocional que provoca el protagonista de ‘E.T., el extraterrestre’. Detrás de ese aspecto entrañable y torpe hay un proceso de diseño obsesivo liderado por Steven Spielberg y el maestro de los efectos especiales Carlo Rambaldi. Lejos de inventar el rostro desde una hoja en blanco, el equipo recurrió a referencias humanas muy sorprendentes para construir una de las miradas más famosas de la gran pantalla. La recaudación histórica de la película, que alcanzó los 792 millones de dólares en su estreno, demuestra que aquella mezcla de anatomía alienígena y fragilidad humana conectó de inmediato con el público global.
El origen pictórico del extraterrestre
El punto de partida del diseño físico no nació directamente para la gran pantalla, sino sobre el lienzo de una academia italiana años antes. Carlo Rambaldi adaptó para la película una pintura propia de su etapa en la Academia de Bellas Artes de Bolonia titulada ‘Women of Delta’. Aquella obra representaba una figura encogida, de piernas cortas, cuello largo, cabeza ovalada y ojos grandes que ya contenía la silueta básica del personaje. Tras completar primero el diseño en arcilla, un Steven Spielberg profundamente impresionado dio luz verde de inmediato a esa versión sin pedir cambios estructurales importantes. Aquel primer modelo de arcilla se convertiría en la base sobre la que trabajarían los complejos sistemas mecánicos y de marionetas que darían vida al icónico visitante en el set de rodaje.
Ancianos de la Gran Depresión y rostros icónicos
Para conseguir que el aspecto del alien resultara plenamente empatico ante la cámara, el director pidió al artista italiano que estudiara fotografías de personas ancianas que habían sufrido la Gran Depresion. Sin embargo, el proceso creativo fue mucho más allá al incorporar referencias directas a figuras de la cultura mundial contemporánea. Steven Spielberg combinó el diseño facial del personaje con fotografías de tres personajes históricos muy específicos: el físico Albert Einstein, el escritor Ernest Hemingway y el poeta Carl Sandburg. La intención principal de esta inusual mezcla era capturar la esencia exacta de sus miradas para trasladarla directamente a la gran pantalla, buscando ese punto de melancolía que define al extraterrestre desde el primer fotograma hasta el final de la historia.
La cita textual que revela el proceso creativo
El propio cineasta explicó esta insólita elección artística años después en el documental oficial sobre la producción de la cinta, «The Making of E.T. The Extra-Terrestrial». Steven Spielberg recordó la conversación exacta que mantuvo con el responsable de los efectos especiales durante las primeras fases de planificación del rodaje: «Recuerdo decirle a Carlo: aquí tienes unas fotos de Albert Einstein, Ernest Hemingway y Carl Sandburg. Me encantan sus ojos, ¿podemos hacer que los ojos de E.T. sean tan traviesos, tan sabios y tan tristes como los de esos tres iconos?». Aquella indicación precisa guio el trabajo de Carlo Rambaldi, quien añadió además la influencia del aspecto de un perro pug para equilibrar lo entrañable con lo extraño en la expresión final de la marioneta protagonista.
Un icono mecánico de millones de dólares
La materialización física de aquel concepto requirió un esfuerzo técnico descomunal y un presupuesto muy elevado para los estándares de la época. El robot animatrónico principal de E.T. tardó unos tres meses completos en construirse en los talleres y costó aproximadamente 1,5 millones de dólares en su momento de producción. Décadas después de su estreno en los cines, el modelo mecánico original demostró su valor histórico al venderse en una subasta especializada por la friolera de 2,56 millones de dólares. Aquella compleja pieza de ingeniería y arte confirmó que el trabajo de Carlo Rambaldi, galardonado con el Oscar por su labor en la película, trascendió la propia pantalla para convertirse en un objeto de culto permanente dentro de la cultura cinematográfica popular.
