Películas

Martin Scorsese, director de cine: ‘El cine es un asunto de afecto’

Una reflexión atemporal de uno de los grandes maestros del séptimo arte sobre la pasión, la mirada y el amor incondicional hacia las historias que contamos.

Martin Scorsese, director de cine: 'El cine es un asunto de afecto'

Little Visuals

En una época dominada por los algoritmos de recomendación, las métricas de visualización y la tiranía del contenido rápido, resulta casi un acto subversivo detenerse a pensar en el origen del hecho cinematográfico. Lejos de las tendencias pasajeras que inundan las plataformas de streaming y de la urgencia por consumir el último gran estreno, las palabras de los grandes creadores siguen resonando como faros de cordura. El cine, en su esencia más pura, no responde a hojas de cálculo ni a estudios de mercado, sino a una pulsión mucho más humana y compleja.

Martin Scorsese, uno de los directores más fundamentales de la historia del cine y un incansable defensor de la preservación fílmica, pronunció una frase que encapsula perfectamente esta visión artesanal y profundamente emocional del oficio. Lejos de entender su filmografía como un producto industrial, el cineasta siempre ha defendido que hacer películas es, ante todo, un acto de conexión íntima con el espectador y con el propio medio. Su célebre sentencia nos recuerda por qué seguimos acudiendo a las salas o apagando las luces del salón para sumergirnos en una pantalla.

El cine es un asunto de afecto.

Enes Bayraktar

La tiranía de la atención fragmentada en 2026 frente al cine como refugio

Resulta inevitable contrastar esta bellísima definición con nuestra caótica cotidianidad actual. Vivimos en el año 2026 atrapados entre notificaciones constantes, la presión por optimizar cada minuto de descanso y una pantalla de móvil que consultamos cientos de veces al día sin buscar realmente nada. Nos hemos convertido en espectadores ansiosos que consumen historias a velocidad de reproducción acelerada, perdiendo por el camino la capacidad de emocionarnos genuinamente con lo que vemos. El afecto del que habla Scorsese parece hoy una rareza en extinción dentro de un ecosistema digital diseñado para el usar y tirar.

Frente a este desgaste emocional continuo, sentarse a ver una película con la atención plena se ha transformado casi en una forma de resistencia terapéutica. El director nos invita a recuperar esa mirada inocente pero exigente, aquella que no busca el simple estímulo visual, sino un vínculo afectivo duradero con los personajes, los dilemas morales y las atmósferas que habitan en la gran pantalla. Entender el arte como un intercambio de afectos significa reconocer que detrás de cada plano hay un ser humano intentando contarle algo a otro.

Al final, las grandes obras cinematográficas perduran en nuestra memoria colectiva precisamente por esa carga emocional que trasciende la propia época en la que fueron concebidas. Cuando apagamos los dispositivos y nos dejamos atrapar por una buena historia, redescubrimos aquello que Scorsese lleva décadas defendiendo con fervor: que el cine no es solo entretenimiento, sino una manera indispensable de querernos, entendernos y salvarnos del olvido. Mantener vivo ese afecto es la única vacuna real contra la fría indiferencia de nuestro tiempo.