La literatura a veces rescata sucesos que la memoria colectiva prefiere silenciar por dolor. La novela ‘El niño’, publicada por Tusquets en 2024, examina una de las mayores catástrofes escolares de España ocurrida hace décadas. Su autor, Fernando Aramburu, regresa así a los rincones más oscuros del País Vasco tras el éxito masivo de ‘Patria’ en HBO Max. Sin embargo, llevar este suceso a la pantalla ha abierto un profundo debate sobre los límites éticos de la representación audiovisual.
Una fuga de gas que truncó el futuro de cincuenta menores
El origen de esta tragedia se sitúa en el colegio público Marcelino Ugalde de Ortuella, en Vizcaya, durante la mañana del 23 de octubre de 1980. Una explosión de gas propano provocó el derrumbe del suelo en dos aulas de primer curso situadas en la planta baja del edificio educativo. Aquella deflagración, causada por un fontanero que empleaba un soplete para reparar una fuga, se escuchó a seis kilómetros a la redonda. El balance final dejó cincuenta niños fallecidos de entre cinco y siete años de edad, además de tres adultos que trabajaban en el centro escolar. Un total de ciento veintiocho alumnos quedaron atrapados entre los escombros en cuestión de segundos, convirtiendo el recinto en una zona cero de devastación absoluta.
La literatura como un deber moral frente al olvido
El volumen escrito por Fernando Aramburu cuenta con 272 páginas y se integra dentro de un ciclo narrativo que el propio escritor denomina ‘Gentes vascas’. El creador ha manifestado en reiteradas ocasiones que el accidente de Ortuella le impactó profundamente durante décadas y reclamaba un espacio propio en su obra. El propio autor lo resumió así: «los niños fallecidos en aquella tragedia de 1980 merecen un lugar digno en nuestra memoria». Esta postura literaria busca confrontar al lector actual con un dolor soterrado que pocas veces ocupa titulares en la prensa diaria. La novela funciona así como un recordatorio persistente de la fragilidad de la vida y de las cicatrices invisibles que perduran en el tejido social vasco.
El rechazo institucional a la llegada de las cámaras
La adaptación cinematográfica anunciada en julio de 2024 chocó frontalmente con el rechazo frontal de las instituciones locales de la localidad vizcaína. El Ayuntamiento de Ortuella, respaldado de forma unánime por PNV, PSE-EE, EH Bildu y Podemos, aprobó una declaración institucional que pedía «de manera respetuosa y enfática, que no se realice ninguna película o producción audiovisual que trate sobre el drama que nuestro pueblo vivió en el pasado». Los representantes públicos invocaron además «nuestro derecho a decidir sobre nuestra historia y sobre su difusión pública». A pesar de esta negativa tajante por parte del consistorio, la productora decidió seguir adelante con el proyecto audiovisual previsto para los próximos meses. Como gesto de prudencia ante el malestar generado, el rodaje evitó emplazarse directamente en el municipio de Ortuella y se trasladó a otros veinte municipios vizcaínos.
El equilibrio entre la creación artística y el respeto a las víctimas
El largometraje resultante, dirigido por Mariano Barroso y protagonizado por rostros conocidos como Belén Cuesta y Karra Elejalde, afronta ahora el reto de su estreno comercial. El propio Barroso ha definido el proyecto como «un reto, pero también un privilegio», insistiendo en que el tratamiento del material se realiza desde el máximo respeto. Por su parte, la implicación de vecinos que vivieron directamente el drama en las labores de ambientación aporta una capa de autenticidad a la reconstrucción histórica de 1980. Esta tensión entre la necesidad de contar episodios traumáticos y el derecho de los afectados al duelo privado define el panorama cultural actual. La obra audiovisual se enfrenta al escrutinio de un público que cuestiona si la ficción aporta valor a la memoria histórica o si simplemente reabre un sufrimiento innecesario.
