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Robaron las zapatillas de rubí de ‘El Mago de Oz’ creyendo que las piedras eran de verdad, y pasaron 13 años hasta que el FBI las encontró

En 2005 alguien entró de madrugada en un pequeño museo de Minnesota y se llevó uno de los objetos más icónicos de la historia del cine, convencido de que los rubíes de las zapatillas eran auténticos. No lo eran. Trece años después, una operación encubierta del FBI las recuperó por pura casualidad.

Robaron las zapatillas de rubí de 'El Mago de Oz' creyendo que las piedras eran de verdad, y pasaron 13 años hasta que el FBI las encontró

MGM

La noche del 27 al 28 de agosto de 2005, alguien entró por la puerta trasera del Museo Judy Garland, en la pequeña localidad de Grand Rapids, Minnesota, rompió la vitrina de cristal a golpes y se llevó uno de los pares de zapatillas de rubí que Judy Garland lució como Dorothy en ‘El Mago de Oz’ (1939). Solo dejó atrás cristales rotos y una lentejuela roja suelta en el suelo. Pasarían trece años hasta que alguien volviera a verlas.

Un par con nombre propio: «las zapatillas viajeras»

El par robado no era uno cualquiera de los cuatro o cinco que se conservan hoy de los siete u ocho fabricados para el rodaje. Michael Shaw, coleccionista y antiguo niño actor de la MGM, las había comprado hacia 1969-1970 por unos 2.500 dólares a Kent Warner, un figurinista de Hollywood que las localizó en un almacén de la Metro-Goldwyn-Mayer justo antes de la célebre subasta de mayo de 1970 que liquidó buena parte del vestuario y los decorados de la época dorada del estudio. Durante más de tres décadas, Shaw las prestó a museos de todo el país como parte de una exposición itinerante llamada «Hollywood on Tour», donando a menudo la tarifa del préstamo a causas benéficas —de ahí que entre coleccionistas se las conociera como «las zapatillas viajeras»—. Estaban cedidas en préstamo al Museo Judy Garland, en la ciudad natal de la actriz, cuando alguien decidió que ya habían viajado lo suficiente.

El motivo real del robo: unas piedras que nunca fueron rubíes

El ladrón, identificado años después como Terry Jon Martin, un hombre de la zona con antecedentes por hurto, confesó en 2023 que un viejo conocido con contactos en ambientes mafiosos le había convencido de que las zapatillas estaban aseguradas por un millón de dólares porque llevaban rubíes auténticos engastados. Martin entró al museo con una pequeña maza, rompió el cristal y se llevó el par expuesto. El problema llegó después: cuando intentó deshacerse de las piedras a través de un intermediario, le dijeron la verdad. No eran rubíes. Eran cristal rojo y lentejuelas cosidas a mano sobre seda, como en el resto de las zapatillas del rodaje. Sin comprador ni forma de sacarles valor, Martin las escondió en un remolque cerca de su casa y, según contó más tarde, las abandonó allí casi de inmediato.

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Trece años desaparecidas

La investigación inicial del FBI y la policía de Grand Rapids no llegó a ningún sitio. El caso se enfrió durante más de una década, hasta convertirse en una de esas leyendas del mundo del coleccionismo de cine: unas zapatillas únicas, con un valor de mercado que para entonces ya se estimaba en varios millones de dólares, desaparecidas sin rastro. El giro llegó en 2017, cuando un hombre contactó con la compañía de seguros que en su día había cubierto el robo y exigió dinero a cambio de información sobre el paradero de las zapatillas —un intento de extorsión que, sin saberlo, puso de nuevo el caso en marcha—. El FBI, con la colaboración de su Equipo de Delitos contra el Arte y laboratorios en Chicago, Atlanta y Miami, organizó una operación encubierta en Mineápolis durante el verano de 2018. En septiembre de ese año, casi trece años exactos después del robo, el FBI anunció que las zapatillas habían sido recuperadas intactas y se las devolvió a Michael Shaw, su propietario original.

Una condena sin cárcel, y lo que de verdad valían

Identificar y detener al autor del robo tardó todavía más que recuperar las zapatillas. Martin no fue acusado formalmente hasta 2023, dieciocho años después de los hechos, cuando ya estaba gravemente enfermo. Se declaró culpable un año después y, en su sentencia, el tribunal decidió no imponerle pena de cárcel debido a su estado de salud terminal: cumplió únicamente un año de libertad vigilada. El caso tuvo además una segunda derivada, con un segundo hombre acusado por separado en relación con la cadena de posesión de las zapatillas tras el robo, aunque este mantuvo su inocencia. Lo que Martin nunca entendió es que el valor real de aquellas zapatillas no estaba en las piedras que llevaban cosidas, sino en haber pisado un plató de cine en 1939. Tras ser restauradas, las zapatillas salieron a subasta en 2024 y se vendieron por 28 millones de dólares —32,5 millones con la comisión de la casa de subastas incluida—, certificándose como el objeto de atrezzo cinematográfico más caro jamás subastado. Casi veinte años después de que alguien las rompiera a martillazos creyendo que escondían una fortuna en piedras preciosas, resultó que la fortuna había estado siempre ahí, delante de todos: no en lo que llevaban puesto, sino en quién se las había puesto.

Ana Ferrer

Ana es la firma de PlotTwist para la crítica cultural: reseñas de libros y críticas de cine de autor, siempre con un ojo puesto en lo que la obra dice del momento que vivimos.

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