La imagen que abre ‘El crepúsculo de los dioses’ (Sunset Boulevard, 1950) es una de las más citadas del cine clásico: el cadáver del guionista Joe Gillis (William Holden) flotando boca abajo en una piscina de Beverly Hills, narrando su propia muerte desde el más allá mientras la policía y los periodistas se agolpan en el borde. Lo que casi nadie recuerda —porque casi nadie llegó a verlo— es que esa no era la apertura que Billy Wilder había rodado primero. La original transcurría en un depósito de cadáveres, y sigue siendo, más de siete décadas después, uno de los metrajes perdidos más buscados del Hollywood clásico.
Un guionista muerto que charla con otros cadáveres
Wilder escribió el guion junto a su colaborador habitual Charles Brackett y a D.M. Marshman Jr., al que contrataron —según cuenta el sitio especializado Cinephilia & Beyond— precisamente porque el guion se les había atascado. La idea que se les ocurrió para arrancar la película fue literal: Joe Gillis llega muerto a la morgue de Los Ángeles, tumbado en una camilla entre otros cadáveres, y les cuenta cómo ha llegado hasta ahí. En el guion original, uno de esos cadáveres —un hombre corpulento— le pregunta a Gillis dónde se ahogó. Gillis responde que en una piscina, y que además tenía «un par de agujeros de más»: dos en el pecho, uno en el estómago. Lo habían matado.
Un cine de Illinois se rio durante toda la escena
La prueba de fuego llegó en enero de 1950, cuando Wilder llevó una copia casi terminada de la película a un pase de prueba en el Varsity Theater de Evanston (Illinois), una sala de 2.500 butacas. Wilder se sentó al fondo de la sala, a oscuras, para ver cómo reaccionaba el público a la escena. A los pocos minutos de empezar, alguien se rio. Luego otro. Al poco, la sala entera se estaba riendo a carcajadas de la escena de los cadáveres parlantes, y varios espectadores se levantaron y se fueron. Wilder, que había escrito esa apertura para que fuera inquietante y premonitoria —el aviso de que la película iba a ser un retrato brutal de Hollywood—, salió de la sala y se sentó solo en el vestíbulo. Pases de prueba posteriores en Poughkeepsie y Long Island (Nueva York) confirmaron el mismo problema: nadie se tomaba en serio a los muertos hablando entre ellos.
Seis meses de retraso y un espejo en el fondo de un tanque de agua
El fracaso de esas proyecciones obligó a Paramount a retrasar el estreno al menos seis meses mientras Wilder reescribía y volvía a rodar la apertura desde cero, con un coste añadido que se ha estimado en unos 150.000 dólares de la época. La nueva versión eliminaba por completo la morgue: la película pasaría a abrir con los coches de policía llegando a la mansión de Norma Desmond y el cuerpo de Gillis flotando en la piscina, la imagen que hoy es icónica.
Rodar esa piscina no fue sencillo. No se puede filmar a través del agua y obtener una imagen nítida de lo que hay debajo, así que el director artístico John Meehan ideó una solución: colocar un espejo en el fondo del tanque de rodaje y filmar el reflejo desde fuera del agua, sin que la cámara tuviera que sumergirse en ningún momento. Para que el cuerpo de Holden se mantuviera quieto y boca abajo el tiempo suficiente, un miembro del equipo se metió también en el tanque y le sujetó las piernas por debajo del agua, fuera del encuadre.
El misterio que sigue sin resolverse: ¿dónde está el metraje?
La nueva apertura funcionó. ‘El crepúsculo de los dioses’ se estrenó por fin en 1950, recibió once nominaciones al Oscar —ganó tres, incluido el de mejor guion original para Brackett, Wilder y Marshman— y hoy mantiene una valoración del 98% en Rotten Tomatoes. Pero la escena original de la morgue, la que hizo reír a un cine entero en Evanston, nunca se ha recuperado. No se conserva ni un fotograma conocido: ni en los archivos de Paramount, ni en ninguna colección privada documentada. Aficionados e historiadores del cine la consideran, a día de hoy, una de las secuencias perdidas más buscadas de la época dorada de Hollywood — la clase de metraje que, si apareciera mañana en un sótano o en una lata mal etiquetada de algún archivo, sería una noticia mundial para cualquier cinéfilo.
Queda, eso sí, el guion: los diálogos de Gillis con los otros cadáveres se conservan por escrito y se citan en varios estudios sobre la producción de la película. Lo que nadie ha visto de nuevo desde aquel enero de 1950 en Illinois es la imagen en sí — el momento exacto en que un público entero decidió, entre risas, que esa no podía ser la puerta de entrada a una de las obras maestras del cine clásico.
