Anoche soñé que volvía a Manderley.
Llevo esa frase en la cabeza desde la primera vez que abrí ‘Rebeca’, de Daphne du Maurier, y creo que no me va a soltar nunca. Es de esos comienzos que ya te avisan de que vas a entrar en la casa de otra persona sin permiso, y que vas a tardar en salir de ella.
La protagonista ni siquiera tiene nombre propio en toda la novela. Es simplemente la segunda señora de Winter, una joven tímida que se casa a toda prisa con Maximilian de Winter, un viudo rico y hermético, y se va a vivir con él a Manderley, su enorme finca junto al mar en Cornualles. Ahí es donde empieza el verdadero problema: la casa entera sigue organizada, decorada y gobernada como si Rebecca, la primera esposa de Maxim, muerta apenas un año antes en un accidente de vela, no se hubiera ido nunca. El ama de llaves, la inquietante señora Danvers, se ha encargado de que así sea. Rebecca no aparece ni una sola vez en la novela —está muerta desde antes de la primera página— y aun así es, con diferencia, el personaje que más miedo da de todo el libro. Du Maurier construyó una historia de fantasmas sin fantasma real, y funciona mejor que la mayoría de las que sí lo tienen.
Lo que más me conmueve del libro, más allá de la trama, es de dónde salió. Du Maurier lo escribió en 1937, en Alejandría, Egipto, donde su marido, el teniente coronel Tommy Browning, estaba destinado con su regimiento. Ella misma reconoció que arrancó de mala gana —llegó a romper los primeros 15.000 palabras que había escrito porque le parecían un desastre— y que echaba tanto de menos su casa real en Cornualles, Menabilly, que terminó convirtiéndola, prácticamente sin cambiarle nada, en Manderley. A veces la nostalgia por un sitio concreto es la mejor materia prima que puede tener una novela.
‘Rebeca’ se publicó en agosto de 1938 y nunca ha dejado de imprimirse desde entonces: solo entre 1938 y 1965 vendió 2,8 millones de ejemplares, y sigue siendo hoy uno de los clásicos góticos más leídos en cualquier idioma. En 1940, Alfred Hitchcock la adaptó al cine en su primera película producida en Hollywood, y ganó el Oscar a mejor película de ese año —la única de las más de cincuenta películas que dirigió Hitchcock en ganarlo, aunque, como marca la norma de la Academia, la estatuilla se la llevó el productor, David O. Selznick, no él. El propio Hitchcock, con toda su carrera detrás, no ganó nunca un Oscar a mejor director.
Si os gustan las historias con casas que parecen tener memoria propia y mujeres que dan más miedo muertas que vivas, esta es vuestro libro. ¿Cuál es la novela con fantasma que más se os ha quedado clavada?
