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El fundador de la Iglesia de Satán repitió toda su vida que fue el diablo de ‘La semilla del diablo’, y la productora nunca llegó a desmentirlo del todo

Anton LaVey, fundador de la Iglesia de Satán, mantuvo hasta su muerte que fue asesor técnico de 'La semilla del diablo' (1968) y que interpretó al diablo en su escena más famosa. Ninguna de las dos cosas es cierta, pero el mito sigue circulando más de medio siglo después.

El fundador de la Iglesia de Satán repitió toda su vida que fue el diablo de 'La semilla del diablo', y la productora nunca llegó a desmentirlo del todo

Paramount Pictures

Hay mitos de Hollywood que nacen en un rodaje y mitos que nace fuera de él, fabricados a conciencia por alguien con interés en que se crean. El que rodea a ‘La semilla del diablo’ (‘Rosemary’s Baby’, 1968) es de los segundos, y lleva más de cincuenta años circulando porque su autor original tenía todo que ganar con que la gente lo creyera.

Una producción ya de por sí accidentada

‘La semilla del diablo’ llegó a la pantalla producida por William Castle Enterprises para Paramount, adaptando la novela de 1967 de Ira Levin que Roman Polanski escribió y dirigió. El propio jefe de producción de Paramount, Robert Evans, puso como condición para dar luz verde al proyecto que Castle —conocido sobre todo como realizador de películas de terror de serie B, con trucos de sala incluidos— no se sentara en la silla de director, y cedió el puesto a Polanski conservando solo el papel de productor. La apuesta funcionó más allá de cualquier previsión: con un presupuesto de 3,2 millones de dólares, la película recaudó 33,4 millones, y Ruth Gordon se llevó el Oscar a mejor actriz de reparto por su papel como la vecina Minnie Castevet, mientras el propio Polanski optaba al Oscar al mejor guion adaptado. Fue, en definitiva, un fenómeno real —no solo de rumorología— que explica por qué cualquier anécdota, cierta o inventada, sobre su rodaje encontró terreno abonado para circular durante décadas.

El mito que Anton LaVey repitió hasta su muerte, y lo que de verdad pasó

Anton LaVey, fundador de la Iglesia de Satán en 1966, sostuvo durante el resto de su vida que Roman Polanski lo había contratado como asesor técnico para ‘La semilla del diablo’, y que incluso llegó a interpretar, sin acreditar, al propio diablo en la escena onírica de la violación que desencadena todo el embarazo de Rosemary. La Iglesia de Satán mantuvo oficialmente esta versión desde 1968, y sus seguidores la repitieron como una prueba más de la influencia cultural de su fundador. El relato tenía todos los ingredientes para funcionar: una película de terror satánico que fue un fenómeno absoluto el año de su estreno, y un personaje público que llevaba su propia imagen como marca personal.

Paramount Pictures

Ninguna de las dos afirmaciones es cierta. LaVey no trabajó como asesor técnico en la película, y el hombre dentro del traje peludo de la escena de la violación no fue él. Según confirman tanto las fuentes especializadas en cine de terror como los propios créditos de la época, el papel —acreditado simplemente como "El diablo", sin nombre— lo interpretó Clay Tanner, un actor de carácter estadounidense (nacido Allen Honaker en 1931) con una carrera larga pero discreta en televisión: papeles menores en ‘Bonanza’, ‘El fugitivo’, ‘Get Smart’ o ‘Perry Mason’ a lo largo de los años sesenta, antes de seguir trabajando hasta los ochenta en series como ‘Kung Fu’ o ‘Starsky y Hutch’. Tanner nunca buscó capitalizar su paso por una de las películas de terror más influyentes de la historia; LaVey, en cambio, construyó parte de su leyenda personal sobre un papel que ni siquiera tuvo.

Un segundo montaje, este sí real, con otro tipo de puesta en escena

Si la implicación de LaVey fue pura invención, hay otro momento de la producción que sí fue un montaje deliberado, aunque de un tipo completamente distinto: el corte de pelo de Mia Farrow. En agosto de 1967, Paramount organizó una sesión de fotos con el peluquero Vidal Sassoon cortándole el pelo a Farrow frente a un grupo de fotógrafos, un evento que la prensa de la época valoró en 5.000 dólares y que se convirtió en el origen del característico corte pixie que la actriz luce en la película. El problema es que, según ha contado la propia Farrow, ella ya se había cortado el pelo por su cuenta meses antes, con unas tijeras de uñas, mientras rodaba otro proyecto para la Fox. El corte "real" de Sassoon ante las cámaras fue, en la práctica, un retoque sobre un trabajo que la actriz ya había hecho ella misma —ella llevaba peluca en las escenas rodadas antes de ese evento—, pensado desde el principio como un montaje publicitario para generar titulares antes del estreno.

Dos mitos, una sola película

Lo curioso es que ambos episodios apuntan en direcciones opuestas sobre cómo se fabrica la leyenda de una película. El de LaVey es un mito que la productora nunca tuvo verdadero interés en desmentir con fuerza —una historia de terror real alimentando la fama de una historia de terror de ficción no le hacía ningún daño a la taquilla—, mientras que el de Sassoon fue un montaje publicitario construido desde el minuto uno por el propio estudio, con la bendición de la actriz. Más de cinco décadas después, el corte de pelo de Mia Farrow sigue citándose como un hito del estilismo de los sesenta, y el nombre de Anton LaVey sigue apareciendo, con sorprendente frecuencia, en listas de curiosidades sobre una película en la que nunca llegó a poner un pie.

Ana Ferrer

Ana es la firma de PlotTwist para la crítica cultural: reseñas de libros y críticas de cine de autor, siempre con un ojo puesto en lo que la obra dice del momento que vivimos.

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