Hay películas que se construyen una leyenda con los años, y otras que ya la traían puesta desde el rodaje. ‘El bueno, el feo y el malo’ (1966), de Sergio Leone, pertenece al segundo grupo: su actor principal, Eli Wallach, contó en su autobiografía de 2005, The Good, the Bad, and Me, que estuvo a punto de morir de verdad en al menos tres ocasiones distintas durante el rodaje en España. No son exageraciones de promoción ni mitos de fan de toda la vida: son sus propias palabras, publicadas casi cuarenta años después, cuando ya no tenía ningún motivo para inflar la historia. A esas tres hay que sumar un cuarto incidente, previo al rodaje de sus propias escenas, que estuvo a punto de arruinar una de las secuencias más caras de toda la película.
Un puente volado un día antes de lo previsto
Para la escena de la batalla en el puente sobre el río Arlanza, cerca de Burgos, el ejército español construyó una estructura de madera lo bastante resistente como para necesitar una buena carga de explosivos. Leone esperaba a que las nubes dieran la luz adecuada y le había dicho al capitán español al mando de la detonación que solo hiciera estallar el puente a la palabra «Vaya». Según las crónicas del rodaje, un miembro del equipo italiano pronunció algo que sonó parecido, y el equipo español, creyendo que era la señal, encendió la mecha. El puente voló por los aires con Leone todavía colocando las cámaras: la explosión no se llegó a filmar.
Lo más llamativo no es el error, sino la solución: el capitán se ofreció a reconstruir el puente gratis en menos de una semana, a cambio de que Leone mantuviera empleado a su equipo durante esos días. La segunda explosión, esta vez sí grabada con las cámaras preparadas, es la que aparece en la película. Hoy el escenario de la película más famosa del spaghetti western, el cementerio de Sad Hill, también construido para el rodaje en la misma provincia de Burgos, sigue en pie y se puede visitar.
Un caballo desbocado con las manos atadas a la espalda
La escena del ahorcamiento de Tuco es, según el propio Wallach, la que más cerca estuvo de salir realmente mal. Con las manos atadas a la espalda y una soga real al cuello, el plan era que un especialista en efectos detonara una pequeña carga para soltar la cuerda en el momento exacto. El problema llegó por un disparo de rifle de Clint Eastwood en la misma toma: el estruendo asustó al caballo, que salió al galope con Wallach todavía encima y sin poder sujetarse con las manos. Según cuenta en sus memorias, el animal no se detuvo hasta haber recorrido casi un kilómetro y medio. Wallach salió ileso, pero sin ningún control real sobre lo que podía haber pasado durante esa carrera.
El refresco que en realidad era ácido
La tercera anécdota tiene un punto casi de comedia negra. Para la escena final, en la que Tuco revienta a golpes de pala una bolsa de monedas de oro, el equipo de atrezzo había rociado una de las bolsas con un compuesto ácido para que se abriera al primer golpe. El problema es que ese mismo compuesto acabó guardado, por error, en una botella de refresco de limón que el propio Wallach tenía a mano entre toma y toma. Le dio un trago, notó al instante que algo no iba bien y lo escupió, aunque no antes de que le quedaran llagas en la boca. Bebió leche para neutralizarlo. Según su relato, Leone solo pudo decirle: «No lo sabíamos».
Un tren, un par de esposas y un ultimátum a Sergio Leone
La cuarta escena, la de la fuga de Tuco esposado a un soldado en un tren en marcha, tampoco estuvo exenta de riesgo. Para liberarse, el personaje debía esperar a que otro tren cortara la cadena de las esposas, con los escalones metálicos de los vagones pasando muy cerca de su cabeza. Leone quería que se viera claramente la cara de Wallach junto a las vías, para que el público supiera que era él y no un doble. El actor hizo la escena dos veces y, a la tercera petición, se negó en redondo: le preguntó a Leone si quería terminar la película «sin cabeza». Leone aceptó quedarse con la primera toma.
Ninguna de estas historias generó una demanda ni truncó el rodaje. Wallach terminó la película, que se estrenó en 1966 y hoy está considerada, con distintas encuestas de críticos y directores como referencia, una de las obras más influyentes del western. Pero cuando se habla de rodajes sin red de seguridad, pocas producciones de esa envergadura reúnen tantos sustos reales contados por su propio protagonista, Eli Wallach, y no por un periodista que exagera la leyenda cuarenta años después.
Lo curioso es que, al margen de las memorias del actor, ninguna de sus tres escenas se resolvió con dobles de riesgo ni con repeticiones controladas: en los tres casos fue el propio Eli Wallach quien estuvo delante de la cámara en el momento exacto en que algo salió mal, sin red de seguridad real detrás, y con el añadido de una producción que, como demuestra el episodio del puente, tampoco tenía especialmente controlado el margen de error del resto del rodaje. Casi sesenta años después, la película sigue proyectándose en festivales y cursos de historia del cine, pero pocas veces se cuenta con el mismo detalle todo lo que pudo torcerse de verdad mientras se filmaba.
