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«Todavía no han oído nada»: se cumplen 99 años del estreno de la película que acabó con el cine mudo en una sola noche

El 6 de octubre de 1927, el público del Warner Theatre de Nueva York se levantó de sus butacas convertido en una multitud eufórica. Acababan de ver y oír hablar a un actor en una pantalla por primera vez en la historia del cine comercial, y nada volvió a ser igual.

"Todavía no han oído nada": se cumplen 99 años del estreno de la película que acabó con el cine mudo en una sola noche

Warner Bros.

El 6 de octubre de 1927 se estrenó en el Warner Theatre de Nueva York una película de poco más de hora y media, protagonizada por un cantante de variedades llamado Al Jolson. Noventa y nueve años después, ‘El cantor de jazz’ sigue siendo el punto exacto en el que la industria del cine cambió de naturaleza: la noche en la que el público escuchó, por primera vez en una sala comercial, a un actor hablar desde la pantalla.

«Todavía no han oído nada»

La frase que da título a este artículo —«Wait a minute, wait a minute, you ain’t heard nothin’ yet!»— la improvisó el propio Al Jolson en mitad de una escena musical, antes de ponerse a hablarle directamente a su madre en la ficción. No estaba en el guion: Jolson, conocido en la época como «el mejor artista del escenario», tenía la costumbre de dirigirse al público en directo entre canción y canción, y el micrófono de Vitaphone —el sistema de sonido sincronizado de Warner Bros., que grababa el audio en discos separados reproducidos en paralelo a la proyección— lo captó todo. Esa improvisación casual acabó siendo, sin que nadie lo planeara, la primera frase hablada verdaderamente memorable del cine sonoro comercial.

Una multitud que tuvo que controlar la policía

‘El cantor de jazz’ no fue la primera vez que se proyectaba sonido sincronizado en un cine —Warner Bros. ya llevaba un año estrenando cortos musicales con Vitaphone—, pero sí fue el primer largometraje que combinaba intertítulos mudos con escenas enteras de diálogo hablado y canciones interpretadas en directo ante la cámara. El impacto en la sala fue inmediato: según las crónicas de la época, al terminar la proyección el público se convirtió en una multitud eufórica que coreaba el nombre de Jolson y se agolpaba pidiendo autógrafos, hasta el punto de que tuvo que intervenir la policía para controlar la salida del teatro. Nadie en la sala aquella noche había experimentado nada parecido: ver a un actor hablar y cantar de verdad, no solo moverse en silencio acompañado de un pianista en directo.

Warner Bros.

El final del cine mudo, pero no de un día para otro

El éxito de taquilla de la película —hasta entonces el mayor estreno de la historia de Warner Bros., una productora al borde de la quiebra antes de apostar por el sonido— convenció al resto de los grandes estudios de Hollywood de que el futuro pasaba por el sonido sincronizado. En los dos o tres años siguientes, el cine mudo desapareció casi por completo de la producción comercial estadounidense: actores con acentos marcados o voces que no encajaban con su imagen en pantalla vieron truncada su carrera de la noche a la mañana, los estudios reconvirtieron a toda prisa sus platós para aislarlos del ruido de las cámaras, y compositores y músicos que vivían de acompañar en directo las proyecciones mudas se quedaron sin oficio. El cambio fue, para buena parte de la industria, tan brusco como el que describe la propia frase de Jolson: nadie había oído nada todavía, y de pronto lo oyeron todo a la vez.

Una herencia incómoda que la propia película arrastra

‘El cantor de jazz’ ocupa un lugar incómodo en la historia del cine por un motivo que va más allá de la técnica: varias de las actuaciones musicales de Jolson en la película se interpretan con la cara pintada de negro, una práctica —el blackface— heredada de los espectáculos de variedades de la época y hoy reconocida sin ambigüedad como racista. Historiadores del cine y medios especializados han señalado repetidamente esta contradicción: la misma película que revolucionó técnicamente la industria también normalizó, en su estreno más visto, una forma de representación que décadas después se entiende como una herencia profundamente dañina. Casi un siglo después, ‘El cantor de jazz’ sigue estudiándose por las dos razones a la vez: como la noche en la que el cine aprendió a hablar, y como recordatorio de que ese mismo momento fundacional llegó envuelto en algo que la propia industria ha tardado generaciones en empezar a asumir.

Ana Ferrer

Ana es la firma de PlotTwist para la crítica cultural: reseñas de libros y críticas de cine de autor, siempre con un ojo puesto en lo que la obra dice del momento que vivimos.

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