Hoy se cumplen exactamente 70 años de uno de los días más agridulces de la literatura española. El 25 de octubre de 1956, la Academia Sueca anunció que el Premio Nobel de Literatura era para Juan Ramón Jiménez, el poeta de Platero y yo, exiliado en Puerto Rico desde el final de la Guerra Civil. Fue el segundo español en conseguirlo tras José Echegaray, y el primero por poesía pura.
El galardón, sin embargo, llegó envuelto en tragedia. Su esposa, Zenobia Camprubí, llevaba meses luchando contra un cáncer de ovario. Murió solo tres días después del anuncio, el 28 de octubre de 1956, en un hospital de San Juan. Jiménez, hundido por el dolor y aquejado también de salud frágil, no pudo viajar a Estocolmo para recoger el premio en persona.
Un mensaje leído en su nombre
En su lugar, encargó al rector de la Universidad de Puerto Rico, Jaime Benítez, que lo representara en la ceremonia de Estocolmo. Según ha documentado la investigación académica sobre el archivo del poeta, el mensaje que Benítez leyó ante la Academia Sueca sostenía algo que pocos premiados se han atrevido a decir en voz alta: que «Zenobia es la verdadera ganadora de este premio». No era una frase de cortesía. Zenobia llevaba cuarenta años siendo su traductora, su editora y, en gran medida, quien sostenía económica y logísticamente la obra de un poeta notoriamente desorganizado para todo lo que no fuera escribir.
Se casaron el 2 de marzo de 1916 en una iglesia de Nueva York, cuarenta años antes de aquel Nobel que acabaría compartiendo en los hechos, aunque no en el papel oficial. Juntos tradujeron al español la obra completa del bengalí Rabindranath Tagore — veintidós volúmenes, entre ellos El jardinero y Pájaros perdidos — un trabajo que durante décadas se atribuyó casi en exclusiva a Jiménez, aunque Zenobia firmaba igualmente las traducciones. Ella gestionaba las finanzas de la pareja, organizaba sus traslados por el exilio (Cuba, Estados Unidos y finalmente Puerto Rico), e incluso fundó una asociación de enfermería domiciliaria mientras compaginaba la docencia universitaria.
El verso que resume toda una vida
La Academia Sueca premió a Jiménez «por su lírica en lengua española, que constituye un ejemplo de alto espíritu y pureza artística» — la misma pureza formal que définió movimientos enteros de la poesía española del siglo XX, desde la Generación del 27 hasta autores muy posteriores que reconocieron su influencia directa. Pero el propio desenlace de aquel otoño de 1956 parece sacado de uno de sus poemas más conocidos: la ganancia y la pérdida llegando exactamente a la vez, sin darle tiempo a celebrar lo uno sin llorar lo otro.
Jiménez sobrevivió a su esposa menos de dos años. Murió en mayo de 1958, también en San Juan de Puerto Rico, sin haber regresado nunca a la España de la que salió al estallar la guerra. Setenta años después de aquel 25 de octubre, la historia de ambos sigue siendo, antes que una anécdota literaria, la crónica de una colaboración que la posteridad tardó demasiado en reconocer como tal.
