Algunos relatos para recordar no es un libro que te lea el alma de golpe, pero sí uno que te la rasguña poco a poco. Lo empecé un día cualquiera, sin tener nada en mente sobre lo que me encontraría, y acabé leyéndolo como quien escucha a un amigo contarte historias mientras cae la tarde. Hay algo muy íntimo en la forma de escribir de David Urbán Arévalo. No busca adornar, no te lanza frases para Instagram, pero te mete de lleno en situaciones que, aunque parezcan imposibles, tienen ese toque a realidad que las hace inquietantes.
Lo que más me gustó es que no te habla desde el pedestal del escritor que lo sabe todo. No, él se pone al nivel del lector, como si dijera: «mira, esto pasó, o algo así, y yo solo te lo cuento». Y eso lo hace muy humano. Hay relatos que te hacen sonreír, otros que te aprietan el estómago, y todos, sin excepción, te invitan a pensar. A mí me dejó con esa sensación rara que tienen los libros buenos: como si te hubiera acompañado alguien durante unas horas, y ahora lo echaras de menos.
Se nota que el autor ha vivido, ha visto, ha escuchado mucho. Las historias no se sienten inventadas del todo, ni tampoco totalmente reales. Es como si fueran verdades disfrazadas de ficción. Y eso, para mí, tiene muchísimo valor. Es un libro que no grita, pero susurra cosas que se te quedan.
