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Haruki Murakami, escritor: «Esta tormenta, en definitiva, eres tú»

Haruki Murakami, escritor: "Esta tormenta, en definitiva, eres tú"

La imagen es tan simple que parece una fábula infantil. Una tormenta de arena que cambia de dirección cada vez que tú lo haces, que te persigue por más que corras, por más rutas distintas que pruebes. Es el pasaje con el que arranca ‘Kafka en la orilla’, dicho por la voz interior que acompaña al protagonista, un chico de quince años que huye de casa. Y como toda buena fábula, esconde el giro en la última frase.

A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. […] Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior.

Hasta ahí, suena a metáfora sobre el destino inevitable. Pero Murakami no está hablando de una fuerza externa que te persigue: está diciendo que aquello de lo que huyes —el miedo, la rabia, la culpa, la ansiedad— no está fuera esperando a atraparte. Va contigo. Cambia de dirección porque tú cambias de dirección, porque es literalmente una parte de ti moviéndose a tu mismo ritmo.

Por qué esta idea resuena más ahora que hace veinte años

El libro se publicó en 2002, pero la lectura que más circula hoy de este fragmento tiene mucho que ver con cómo se habla ahora de salud mental: la idea de que no se puede huir de un problema interno cambiando de ciudad, de trabajo, de pareja o de rutina, porque el problema viaja con la persona. Cuántas veces se confunde «necesito un cambio» con «necesito no mirar esto» — la tormenta sigue ahí, solo que en un escenario nuevo.

Lo que hace incómoda la frase, más que triste, es que quita la posibilidad de la huida limpia. Si la tormenta viniera de fuera, bastaría con correr lo suficientemente rápido o esconderse en el sitio adecuado. Pero si la tormenta eres tú, no hay refugio que valga — solo queda, como acaba entendiendo el protagonista a lo largo de la novela, atravesarla en vez de esquivarla.

Murakami no ofrece un consejo fácil después de esto. La frase no termina en una solución, termina en una constatación: hay tormentas que solo se cruzan caminando a través de ellas, empapado, y saliendo por el otro lado siendo alguien distinto de quien entró. Es la razón por la que este fragmento sigue subrayado, citado y compartido más de veinte años después de escrito.