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Llevo releyendo ‘Orgullo y prejuicio’ desde los diecisiete años, y cada vez entiendo mejor por qué Jane Austen lo llamaba su ‘hijo favorito’

Publicada de forma anónima en 1813, la novela que empezó siendo un rechazo editorial se ha convertido en una de las historias de amor más releídas de la literatura en inglés. Va de mucho más que un malentendido entre dos personas orgullosas.

Llevo releyendo 'Orgullo y prejuicio' desde los diecisiete años, y cada vez entiendo mejor por qué Jane Austen lo llamaba su 'hijo favorito'

'Orgullo y prejuicio', edición ilustrada (Alianza Literaria)

Hay libros que uno recomienda porque los acaba de descubrir, y libros que uno recomienda porque no ha dejado de volver a ellos durante años. ‘Orgullo y prejuicio’ es de los segundos para mí, y cada relectura me confirma algo que tardé un par de vueltas en entender: no es solo la historia de amor entre Elizabeth Bennet y el señor Darcy. Es, sobre todo, la historia de dos personas aprendiendo a desconfiar de su primera impresión de sí mismas.

La novela sigue a Elizabeth, la segunda de las cinco hijas Bennet, en la Inglaterra rural de principios del siglo XIX, en un mundo donde casarse bien no es un capricho romántico sino una cuestión de supervivencia económica. Cuando conoce al orgulloso y adinerado señor Darcy, lo juzga —con razón, al principio— como arrogante y distante. Él, por su parte, tiene que desmontar sus propios prejuicios de clase antes de poder ver a Elizabeth como algo más que una familia por debajo de su posición. De fondo está siempre la amenaza muy real de la ley de vinculación de bienes, que dejaría a las cinco hermanas Bennet sin herencia en favor de un primo lejano si su padre muere sin un heredero varón — el motivo por el que su madre vive obsesionada con casarlas bien cuanto antes, y que convierte cada baile y cada visita social en algo con mucho más en juego de lo que parece a simple vista. La primera frase del libro ya lo deja todo servido: «Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa» — una ironía perfecta que resume el tono de toda la novela.

Jane Austen, retrato de su hermana Cassandra (h. 1810)

Lo que más me fascina, cada vez que vuelvo a él, es lo que costó que este libro llegara a publicarse. Jane Austen lo escribió con apenas veinte años, bajo el título ‘First Impressions’ (‘Primeras impresiones’), y en 1797 su padre se lo ofreció a un editor que lo rechazó sin más. Austen no lo abandonó: lo revisó en 1809-1810 y otra vez en 1812, y con el apoyo de su hermano Henry volvió a intentarlo. Se publicó finalmente el 28 de enero de 1813, de forma anónima, firmado solo como «By a Lady» — «por una dama». En una carta a su hermana Cassandra, la propia Austen se refirió a él como su «hijo favorito», aunque también lo describió, con su ironía habitual, como «demasiado ligero, luminoso y chispeante».

Más de dos siglos después, sigue siendo una de las novelas en inglés más adaptadas de la historia: desde la versión de 1940 con Laurence Olivier hasta la de 2005 con Keira Knightley, pasando por reinterpretaciones que van del Bollywood a los zombis. Pocas historias de amor aguantan tan bien el paso del tiempo sin necesitar ni una sola actualización. ¿Cuál es el clásico al que vosotros no dejáis de volver, aunque ya sepáis de memoria cómo termina?