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Mientras escribía ‘Crimen y castigo’, Dostoievski tuvo que dictar otra novela entera en 26 días para no perder los derechos de toda su obra

Un contrato firmado para pagar deudas de juego obligó a Dostoievski a escribir 'El jugador' en menos de un mes, al mismo tiempo que terminaba 'Crimen y castigo'. Lo consiguió gracias a una joven taquígrafa de 19 años que meses después se convirtió en su esposa.

Mientras escribía 'Crimen y castigo', Dostoievski tuvo que dictar otra novela entera en 26 días para no perder los derechos de toda su obra

Vasily Perov / Wikimedia Commons

‘Crimen y castigo’ se publicó por entregas en la revista El Mensajero Ruso a lo largo de 1866, de enero a diciembre, y se convirtió, según recogió el crítico de la época Nikolái Strajov en sus memorias, en la sensación literaria del año en Rusia. Lo que casi nunca se cuenta junto a ese éxito es que, mientras Fiódor Dostoievski terminaba de escribir esa novela, corría al mismo tiempo contrarreloj para no perder para siempre los derechos sobre toda su obra publicada y futura.

Un contrato firmado para pagar deudas de juego

El origen del problema estaba en la ruleta. Dostoievski había empezado a jugar en 1863, en las mesas de Wiesbaden, y durante los años siguientes repitió el patrón en Baden-Baden y Bad Homburg: ganaba una cantidad pequeña al principio y acababa perdiendo mucho más. En una carta a su cuñada de septiembre de ese año llegó a describir, convencido, «el secreto» para no perder nunca en la ruleta; una semana después había perdido todo y tuvo que empeñar su reloj en Ginebra para poder volver a casa.

Para salir de esas deudas, Dostoievski firmó un contrato con el editor Fiódor Stellovski que, visto con perspectiva, resulta durísimo: si no entregaba una novela nueva de al menos 12 pliegos antes del 1 de noviembre de 1866, Stellovski se quedaría con el derecho a publicar toda la obra de Dostoievski —la ya escrita y la que escribiera después— durante nueve años, hasta 1875, sin pagarle nada por ello.

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Dos novelas a la vez, y 26 días para salvarse

El problema fue que Dostoievski dejó pasar el año casi entero centrado en ‘Crimen y castigo’, que se publicaba por entregas mes a mes, y llegó a octubre de 1866 sin haber empezado apenas la novela que debía a Stellovski. Le quedaban, literalmente, unas cuatro semanas para escribir un libro entero o perderlo todo. La solución fue contratar a una de las primeras taquígrafas profesionales de Rusia, Anna Grigórievna Snítkina, de 19 años, a la que dictaba directamente el texto para ahorrar el tiempo que le habría llevado escribirlo a mano. Snítkina transcribía sus palabras y se las devolvía copiadas en limpio para que él las revisara. Con ese sistema, Dostoievski completó ‘El jugador’ —una novela corta ambientada precisamente en un casino alemán, que él mismo describió como reflejo directo de su propia adicción a la ruleta— a tiempo para cumplir el plazo del 1 de noviembre, mientras seguía entregando cada mes las páginas de ‘Crimen y castigo’ a la revista.

La taquígrafa que se convirtió en su esposa

La colaboración no terminó con la entrega del manuscrito. Meses después, en febrero de 1867, Dostoievski y Snítkina se casaron. Ella tenía 25 años menos que él y pasó a ser, además de su esposa, la administradora de facto de su carrera literaria: llevaba las cuentas, negociaba con editores y, según coinciden sus biógrafos, fue quien consiguió estabilizar la situación económica del escritor tras años de deudas y de dependencia de contratos leoninos como el de Stellovski. Sin su ayuda como taquígrafa en aquellas cuatro semanas de octubre de 1866, la anécdota habitual entre los estudiosos de Dostoievski es que probablemente habría perdido el control sobre ‘Crimen y castigo’ antes incluso de que la novela terminara de publicarse.

Una escena de casino que no es casual

Que ‘El jugador’ transcurra en un casino y gire en torno a un personaje que arruina su vida por la ruleta no es una coincidencia narrativa: es autobiografía apenas disimulada, escrita bajo la misma presión financiera que la había provocado. Dostoievski seguiría jugando de forma intermitente hasta 1871, cuando —también según el relato de su propia familia— dejó definitivamente las mesas. Pero la lección de aquel otoño de 1866 quedó grabada en su obra: dos de sus libros más leídos hoy, uno sobre un asesinato y otro sobre una adicción, nacieron literalmente a la vez, escritos por el mismo hombre contra el mismo reloj.