Películas

El plano cerilla de ‘Lawrence de Arabia’ que cambió el cine para siempre

Un simple soplido para apagar una cerilla en una oficina de El Cairo cambió la historia del cine gracias a una decisión de montaje que no estaba en el guion original.

El plano cerilla de 'Lawrence de Arabia' que cambió el cine para siempre

Columbia Pictures

Pocas transiciones en la historia del celuloide poseen la contundencia narrativa del instante en que una cerilla encendida en una sofocante oficina gubernamental da paso de manera fulminante a la inmensidad cegadora del desierto. Esta elipsis perfecta, que condensa miles de kilómetros y años de preparación en el tiempo que tarda un pequeño fósforo en consumirse, define la grandeza técnica de la obra maestra dirigida por David Lean en el año 1962. Detrás de este prodigio visual no se encuentra una instrucción milimétrica del guion original, sino la audacia creativa de una montadora que decidió romper con las convenciones estéticas del Hollywood clásico empleando recursos estéticos propios de la vanguardia europea.

La tensión en la oficina y el desafío del personaje

La secuencia inicial que precede al legendario salto temporal se desarrolla en un despacho cerrado de la ciudad egipcia, donde el funcionario británico Mr. Dryden, interpretado por el actor Claude Rains, advierte con frialdad burocrática al protagonista sobre la extrema dureza que le espera en la campaña militar. En medio de esa atmósfera cargada de presagios oscuros, el teniente interpretado por Peter O’Toole adopta una actitud desafiante y despreocupada ante el peligro inminente que se avecina sobre las arenas del continente africano. La réplica verbal donde afirma que la misión va a resultar divertida introduce de inmediato un rasgo de personalidad desconcertante y megalómana que marcará toda la trayectoria del militar británico en el conflicto. Justo después de pronunciar estas palabras, el oficial acerca el pequeño cerillo encendido a sus dedos, contempla cómo la llama consume lentamente la madera hasta extinguirse por completo y la apaga de un soplido seco que corta abruptamente la respiración de los espectadores en la sala.

El cambio imprevisto que desafió el papel escrito

Ninguno de los implicados en la fase de escritura y rodaje había imaginado semejante impacto visual al redactar las páginas del libreto original para aquella secuencia concreta del metraje. Las directrices escritas del guion establecían la utilización de un fundido encadenado convencional, el recurso habitual y estandarizado en la industria cinematográfica de aquella época para indicar el paso del tiempo o un cambio radical de escenario geográfico sin brusquedades visuales. Sin embargo, la montadora Anne V. Coates observó el material bruto disponible durante las largas jornadas de trabajo en la sala de edición y intuyó que un puente tan suave arruinaría la fuerza psicológica del personaje. Decidió entonces eliminar cualquier transición difusa y apostar por un corte directo que golpeara la retina del público con la misma violencia con la que el sol del desierto golpeaba a los soldados británicos recién llegados a oriente medio. Aquella modificación sobre la mesa de trabajo alteró por completo el ritmo interno de la narración cinematográfica y demostró que el verdadero pulso de una película a menudo se decide mucho después de haber apagado las cámaras en el set de rodaje.

Columbia Pictures

El perfeccionamiento fotograma a fotograma y la influencia europea

La audacia técnica requirió un nivel de precisión milimétrica durante el proceso de ensamblaje del largometraje para conseguir que el salto visual funcionara sin estridencias molestas para la vista humana. La propia artífice del montaje recordaba en sus entrevistas que, tras aplicar la brusca transición, tanto ella como el realizador británico comprobaron que el resultado poseía una fuerza inusual pero requería un ajuste absolutamente quirúrgico para alcanzar la perfección absoluta. El director de la cinta examinó el empalme y pronunció una frase célebre en la historia de la postproducción al señalar que aquello era casi perfecto y exigir que se refinara todavía más antes de darlo por bueno de manera definitiva. Para lograr ese acabado impecable, la responsable de la tijera retiró exactamente dos fotogramas del final del plano donde el protagonista apaga el fósforo, logrando así el ritmo exacto que hoy admiran los especialistas. Esa libertad creativa y ese rechazo a los convencionalismos narrativos procedían directamente de su admiración confesa por el cine de la Nouvelle Vague francesa, cuyas propuestas estéticas desafiaban abiertamente las normas narrativas tradicionales establecidas por los grandes estudios norteamericanos.

El reconocimiento de la Academia y el legado eterno en las escuelas

El ingente esfuerzo titánico realizado por el equipo técnico durante la fase de postproducción quedó reflejado en el volumen monumental de material fílmico que fue necesario revisar y ordenar minuciosamente fotograma a fotograma antes de cerrar el corte definitivo. Los dos máximos responsables artísticos tuvieron que examinar y seleccionar cuidadosamente aproximadamente 33 millas de celuloide rodado en localizaciones extremas para construir las más de tres horas de metraje que componen la versión comercializada internacionalmente. Aquella labor monumental encontró su recompensa oficial en la ceremonia de entrega celebrada en 1963, donde la montadora se alzó con la estatuilla dorada al Mejor Montaje, convirtiéndose en el primer gran galardón de una trayectoria excepcional que décadas más tarde sería homenajeada de nuevo con un premio honorífico por el conjunto de su carrera profesional. Hoy en día, este célebre salto temporal sigue estudiándose en los manuales académicos y en las escuelas de todo el planeta como uno de los ejemplos más depurados y eficaces del llamado corte de raccord, demostrando que una elocuente economía narrativa vale infinitamente más que cualquier discurso explicativo en la gran pantalla.

Ana Ferrer

Ana es la firma de PlotTwist para la crítica cultural: reseñas de libros y críticas de cine de autor, siempre con un ojo puesto en lo que la obra dice del momento que vivimos.

Ver perfil y más artículos de Ana Ferrer